Verdad, Libertad, Política

Verdad, Libertad, Política

Juan de Mugarri.
Verdad, Libertad, Política. Un artículo de Juan de Mugarri.

Verdad, Libertad, Política, por Juan de Mugarri.

Comienzo esta plancha afirmando que no voy a hablar de política sino de metapolítica. Me tomo en serio nuestra tradición masónica de no escribir ni afirmar sobre materias siempre discutibles y por tanto en sí divisivas, como son la religión y la política. Son asuntos sobre los que no se puede llegar cabalmente a ningún acuerdo final y sobre los que quizá tampoco se deba. Lo que sigue por tanto no pretende apoyar a tirios derechistas ni debelar troyanos izquierdistas, conservadores, progresistas, nacionalistas, estalistas o funambulistas, ni proponer qué deba hacerse y, mucho menos, pensarse, sino solo unas reflexiones aplicables por igual a todos.

En la Historia del Pensamiento, todo tiempo histórico se ha podido contemplar de forma pesimista, como un estadio de decadencia y podredumbre que se compara con desventaja a anteriores Edades Doradas. También ahora, podemos analizar nuestra contemporaneidad constatando un empeoramiento generalizado cuando lo cierto es que realmente hemos andado un largo camino hacia lo mejor y que materialmente la Humanidad nunca ha gozado de un tiempo como éste. En suma, en mi opinión, las catástrofes, injusticias y desigualdades nos hieren más que nunca porque son más inaceptables que antaño. Comento lo que antecede para que se me entienda bien cuando afirmo que vivimos en una época paradójica por lo que respecta a la Libertad y a la Verdad.

El hombre y la humanidad nunca han gozado de mayor libertad de la que hoy disfrutamos. Estamos libres en mucho mayor grado de necesidades y calamidades naturales y artificiales y al mismo tiempo somos capaces gracias a la técnica de elegir entre muchas posibilidades y de llevarlas efectivamente a la práctica. Pero esta libertad se ve amenazada sin embargo desde dos vertientes. En el ámbito individual, nuestro carácter extraordinariamente proteico, nuestra casi ilimitada capacidad de elección, es susceptible, por primera vez en la historia, de modelización matemática y de hacerla previsible por medio de algoritmos. La capacidad de procesamiento de datos es tan enorme que ni siquiera hace falta teorizar sobre cómo nos comportaremos y cuáles serán nuestras decisiones en situaciones concretas, bastando con constatar lo que hacen billones de actos de voluntad humanos. Naturalmente, que algunas empresas e individuos sepan de antemano qué haremos, con un altísimo grado de precisión, supone un gran riesgo y no es el menor la cosificación o reificación de seres humanos. En el aspecto colectivo o social de la libertad, además de esta previsibilidad, que es todavía mayor en grandes conjuntos o muestras, la limitación a la libertad social deriva de uno de los discursos imperantes en nuestras sociedades; a saber, que el margen de libertad colectiva está hoy muy limitado por el estado natural de cosas, que sólo podemos actuar dentro de un estrechísimo margen de maniobra. Es el discurso pretendidamente pragmático y realista del Sólo se puede hacer esto, no hay alternativa, es de sentido común, etcétera. Esa apelación al sentido común, como sabemos, es siempre una de las herramientas del discurso del poder puesto que tal sentido común es histórico, es decir, solo tiene sentido en un momento histórico determinado resultando absurdo fuera de su época. Lo que se llama baño de realidad es casi siempre una coartada para evitar cualquier cambio. Bien, lo importante es que ahora, políticamente, somos menos libres de empezar, iniciar, de actuar sobre nuestro mundo y nuestra sociedad y que nos vemos limitados a ejercer de meros gestores, de administradores de la cosa pública. Sobrevuela sobre el espíritu de estos tiempos cierta sensación de haber llegado al final del camino y de necesitar simplemente conservar lo que ya tenemos dado su fragilidad. Existe una sicosis de fin de los tiempos, de ominosa sensación de declive y catástrofe inevitable que alienta constantemente a posponer el desastre introduciendo los menores cambios posibles.

Esta situación paradójica de la libertad se acompaña de una Verdad también contradictoria. Nuestro tiempo es el de la Verdad omnipresente, bien entendido como el de la verdad falsable, objetiva y científica. O es verdad científica y utilitaria o es mera opinión y como tal sin valor o, por decirlo más precisamente, con tanto valor como cualquier otra, al menos hasta que llegue a ser verdad científica. Es evidente que cuanto más terreno ocupa la verdad de la ciencia menos valor se le concede a cualquier otra verdad e incluso a cualquier criterio de valor. Es un desgraciadísimo relativismo, una de las formas que reviste el nihilismo.

La experiencia de los totalitarismos del siglo XX nos ha vacunado contra la Verdad con mayúsculas en el campo de la política. Afortunadamente, han quedado atrás las Grandes Verdades y no buscamos ni al Hombre Nuevo ni al Hombre Bueno porque como sabemos ese sueño se convierte en delirio asesino y se termina por eliminar al Hombre Viejo y al Hombre Malo o Regular. Por eso nuestros sistemas, al menos los homologables como liberales, son puros procedimientos y no proclamaciones, que permiten la representación algo teatralizada de diferentes discursos y alternativas de poder. En definitiva, hemos achicado el campo de la política a unas reglas de juego conforme a las cuales se enfrentan como adversarios y no como enemigos modelos levemente diferentes que no incluyen propuestas de verdad. Ninguna alternativa política hoy en día propone cómo deba vivir la gente en su vida privada o pública, ni señala el gusto ético o estético que deban seguir. Las alternativas políticas se postulan sólo como vehículos de transmisión de las aspiraciones de los ciudadanos que son a la postre quiénes determinan los contenidos de los movimientos políticos: dada esa condición de siervos de la ciudadanía los políticos solo dirán lo que sus principales quieran en cada momento oír y su estrategia política se verá reducida a una mera acomodación perpetua a lo que en cada minuto desee la ciudadanía. Más que nunca y como decía una serie inglesa, Yes, Minister, la palabra valiente, es decir, la que va en contra de los deseos de la ciudadanía o simplemente la que no vende en el mercado de la opinión pública, está desterrada del vocabulario del político. Quizá, sin embargo, ha llegado el tiempo de recuperar cierto vocabulario porque ahora, hoy, este sistema procesual basado en la alternancia de propuestas cosméticas que operan en el campo de una libertad limitada y de una verdad siempre subjetiva por no ser científica está agonizando.

Tenemos que partir asimismo del hecho de que las tiranías hoy no están investidas de totalitarismo y se proclaman democráticas porque celebran elecciones por más que nunca se realicen en igualdad de condiciones

Tenemos que partir asimismo del hecho de que las tiranías hoy no están investidas de totalitarismo y se proclaman democráticas porque celebran elecciones por más que nunca se realicen en igualdad de condiciones. Es decir, nunca son sociedades liberales porque no se permite el disenso fuera de la armonía social (como en China) o del patriotismo (como Rusia) o de ideologías populistas como el bolivarianismo o de un nacionalismo unitarista como el caso de Turquía. Así, estas tiranías se presentan y se ofrecen a sus tiranizados súbditos como medios para la gestión eficiente de los asuntos públicos, máquinas tecnocráticas que hacen lo que hay que hacer, lo que es de sentido común, la gestión que todo el mundo quiere fuera del ruido que provoca el disenso social de sindicatos y diversidad de partidos, es decir, alejados, en aras de un bien común gestionado por supuesto por la tiranía, de la pluralidad social. En definitiva, como bien sabían los griegos desde Pisístrato, la tiranía puede ser un sistema eficaz y hasta amable, reacio a usar la violencia más allá de lo estrictamente necesario y que se ofrece como alternativa al caos y la venalidad de la asamblea democrática.

La reivindicación de la pluralidad en las sociedades democráticas y liberales y su renuncia a imponer verdades (algo extraordinariamente encomiable en sí mismo), su autoconcepción como alternativas a las modernas tiranías, el carácter no agónico de las alternativas que proponen, han generado en los últimos años unas tendencias muy preocupantes. En primer lugar, el dinastismo, es decir, el acaparamiento por cónyuges, hijos y familiares de posiciones de mando político, debido sin duda a la ausencia tan notoria de nuevas generaciones de ciudadanos que asuman una vertiente pública y el carácter de casta cuasihereditaria del oficio político que en sí mismo resulta meramente emocional. En segundo lugar, quiero citar la desaparición de la Verdad, es decir, la eliminación del análisis objetivo y no sectario de los hechos y propuestas sociales. La política no pretende transformar la sociedad ni gestionarla siquiera; sólo aspira ya a elaborar narraciones, relatos, que emocionen, sensibilicen, que adquieran sentido en los segmentos de clientes a los que el mensaje de márketing va dirigido. Cabe citar aquí a la lamentable influencia de algunos pensadores, como Lakoff, que han propuesto que el discurso político desconozca totalmente cualquier pretensión de verdad y sirva sólo de marco referencial en el que las metáforas-las partidistas-adquieran sentido. Una manera posmoderna de mentir, en definitiva.

Cuanto más liberal es una sociedad, más pluralista, menos pretensiones de verdad tiene su discurso político. Pero ese discurso político no está exento de valores aún difuminados.

No sólo las modernas campañas políticas de captación de voto (todo un arte oscuro por no decir diabólico de manipulación) sino la gestión diaria del día a día político se han convertido en meras presentaciones comerciales dirigidas no a analizar y valorar hechos sino sentimientos, emociones, pulsiones y vicios, como el del rencor, el odio y el miedo. Este emocionalismo repugnante va dirigido a una masa embrutecida e irracional a los que les suena la música, les parece que riman soniquetes y se sienten, en definitiva, aliviados y descargados. En estos tiempos de cambio estructural, de incertidumbre, el mensaje más eficaz es el que viene a decir al votante que se le entiende, que se le da la razón, el que sabe que tiene miedo y está indignado y en el que se le asegura que está siendo engañado. “La realidad es muy compleja, no quiero entrar en detalles, pero están abusando de ti y te están engañando. Déjame defenderte.” Este discurso político renuncia de antemano a cualquier parecido con la realidad. Resulta irrelevante que el hecho propuesto o condenado sea cierto, existente, o no. Da igual que sea mentira, puesto que lo que siempre es verdad es la tecla emocional que pulsa. No viene a cuento que el 11-M no fuera obra del partido político que ganó las elecciones, como se afirmaba. O que Obama no sea musulmán o que sea mentira que los refugiados sean terroristas o que todos los musulmanes sean vagos y violentos o que se persiga a los cristianos o a los heterosexuales o a los blancos en nuestras sociedades, o que nuestros problemas económicos deriven del robo que cometen mejicanos, chinos u otros pobres. Lo que vende e importa es dar una satisfacción emocional al correspondiente segmento de mercado. También se ha llamado a este fenómeno, como he conocido luego, posverdad.

Cuanto más liberal es una sociedad, más pluralista, menos pretensiones de verdad tiene su discurso político. Pero ese discurso político no está exento de valores aún difuminados. El valor de la igualdad de todos los ciudadanos, de su dignidad y hasta el de cierta aspiración a la solidaridad, que yo prefiero llamar fraternidad, cementan el pluralismo social y justifican el carácter procedimental de las democracias liberales. También, uno de esos valores que hace que nuestra vida política sea digna de ser vivida es el de la Verdad y la Buena fe en los relatos sociales. El drama actual es que se han confundido la libertad, el pluralismo y la ausencia de Grandes Sueños con la legitimidad de la mentira que abre la puerta de las Grandes Pesadillas del Odio, del Rencor y la Violencia, El Aplastamiento del Débil.

Tan solo hace 10 años era absolutamente impensable que se hablara de identidad de la etnia blanca; de la protección del género masculino como especie en peligro de extinción, de discriminar a la gente por su origen étnico o religioso, de la necesidad de cerrar fronteras o de practicar la segregación religiosa y la compartimentación social. Más vil aún, era totalmente atrabiliario el discurso que repudiaba a los débiles y desprotegidos de nuestras sociedades y les hacía responsables merecidos de sus calamidades, exigiendo más castigo, con un sentido de la justicia muy próximo al de una turba de linchadores. Se vuelve a hablar de la tara genética, connatural del Hombre Negro (y hasta de grupos sociales), del Judío Globalista Eterno, del Musulmán con cuchillo en la boca agrupado en hordas que defecan en los depósitos de agua potable. A veces me pregunto cuánto se tardará en ir a por otros colectivos, como el nuestro.

Desgraciadamente, nuestra desidia, nuestra idiotez, nuestro deseo de apartarnos de la cosa pública para dedicarnos solo a lo nuestro sin importarnos lo que acaezca a los demás hace que hoy en día sea perfectamente posible un nuevo caso Dreyfuss, una de las más infames historias de la humanidad precisamente por ocurrir en una sociedad digna. De hecho, opino que diariamente se producen docenas de casos Dreyfuss y no sólo en las tiranías. Se ha dicho que en tiempos de engaño universal, decir la verdad pasa a ser un acto revolucionario. No lo sé, pero sí que creo que sin verdad política desaparece uno de los fundamentos de la libertad

Como masones estamos obligados a sostener la divisa de Libertad, Igualdad y Fraternidad. En mi opinión, nadie puede ser masón, regular o irregular, si no cree firmemente en esta tríada en logia y a los efectos del Rito y también en el mundo profano. Deberíamos añadir el valor de la verdad. Seamos masones también fuera y defendamos nuestras posiciones oponiéndonos a esta moderna Reacción .