Tradición, construcción, homo faber, librecontador.

Tradición, construcción, homo faber, librecontador.

Tradición, construcción, homo faber, librecontador, en Masonería Española
Tradición, construcción, homo faber, librecontador, por Juan de Mugarri.

Todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas (Isaak Dinesen)

Pensar la función y el valor de la tradición en un método como el masónico debe partir, a mi juicio, del hecho de que hoy a esta tradición se la venera como algo santificado, petrificado y por tanto indisponible para los hermanos que practicamos el método, y cuyo análisis crítico histórico casi resultaría superfluo. Por estar cerrada ya para siempre en su devenir histórico, porque pesa, ocupa y obtura, la tradición proporcionaría el fundamento y núcleo de la actividad masónica. No comparto esta tesis, aunque la reconozco mayoritaria, tras indicar que no me parece casual que la petrificación de la tradición haya sido simultánea al proceso de pérdida de poder e influencia de la masonería en el mundo. En otros términos, cuanto menos tenía que decir o podía decir la masonería a sus miembros y a la sociedad, más se obcecaba en un formalismo vacío, puntilloso y acrítico.

Sostengo, en cambio, que los primeros masones dieron una menor importancia a formas y ritos y que se sintieron asimismo libres para improvisar, incorporar y alterar ritos, símbolos y sentidos. Me parece necesario recordar hoy que el rito masónico es histórico, es decir una práctica humana construida a lo largo del tiempo, sedimentada por la prueba y error, por la inventividad de masones, humildes, no filósofos, a tientas, no científicamente. Un rito siempre innovado, mutilado y reformado para satisfacer necesidades de hermanos, logias y obediencias. Es necesario afirmar también, al menos desde una perspectiva racionalista que excluya todo carácter de Revelación a la masonería, que el rito no tiene carácter sagrado (si por ello entendemos santo o algo distinto de separado) ni sacramental, porque no es signo sensible y eficaz de realidades extraterrenas. Por ello no necesitamos compararnos, seguir o imitar rituales religiosos ni necesitamos liturgistas, aunque sí muchos historiadores.

En este marco, me quiero referir a uno de los elementos apreciado como de los más auténticos de nuestra tradición, que tras su adopción como lugar común dificulta quizá la actualización de los contenidos del método masónico en su doble vertiente de método individual y grupal o social. Aludo a las autodenominaciones de constructores, de canteros, a la figura del masón como Homo Faber que erige catedrales. Antes de mayores comentarios, quiero esforzarme en aclarar que no hay nada de malo en tal metáfora de la construcción y que lo que sigue por tanto no es un juicio para censurarla como improcedente. Por el contrario, ha sido y es un enfoque útil y fecundo cuyo agotamiento viene determinado mucho más por su éxito que por su fracaso.

Por supuesto, en su origen inmediato (siglo XII, vía dialecto normando) el término masón designa a un albañil o cantero de todo tipo de construcciones aunque el origen remoto lleva en el indoeuropeo a significados como cortar y antes todavía alterar. Pero es un hecho que la gran mayoría de los masones que han sido, son y serán no son tales albañiles y que masón ya significa algo distinto de albañil o constructor. También la voz trabajo deriva de tripalium, una forma de tortura propia de la Antigüedad Tardía, pero nadie evoca un torturado cuando usa la palabra trabajador. Que la masonería es algo distinto y desde luego mucho más interesante y fecundo, simbólicamente hablando, que la mera técnica constructiva lo demuestra nuestro mismo mito fundacional; la invasión y apropiación por los que no eran albañiles, capataces o arquitectos de las logias, el cambio de la operatividad a la especulación.

Quede claro por tanto que me refiero a la metáfora de la construcción, que masónicamente nos haría a cada uno constructores de nuestro ser llamado piedra sabiendo que debemos insertarla en la erección de la obra mayor de la Humanidad, una suerte de catedral, precisamente. No afirmo, por supuesto, que esta metáfora sea falsa -¿cuál lo sería?- ni que no haya sido utilísima y feraz. Solo pienso que su uso cuasiobligatorio y cuasimonopólico, de moneda corriente, arroja hoy más inconvenientes que ventajas cuando queremos pensar sobre una masonería de futuro y que otras narraciones simbólicas son hoy más fértiles para ello, como las que conllevarían la autodenominación de librepensador, librecontador, libreiniciador.

La autodesignación como canteros, constructores y la metáfora de la construcción llevan naturalmente a la síntesis simbólica del llamado Homo Faber, el hombre-artesano que se construye a sí mismo y que sería el objetivo al que los practicantes del método debieran apuntar.

En la Historia de las ideas, el uso de Homo Faber como constructor de herramientas o útiles, como fabricador de objetos puede retrotraerse a Henry Bergson, según apunta Hannah Arendt(aunque haya precedentes tanto clásicos como en la obra de Marx). En el caso de los masones, el Homo Faber sería simplemente el Artífice o Artesano de su destino y vida al trabajar puliendo la piedra imperfecta de su naturaleza humana.

El modelo de Homo Faber, constructor, cantero, presenta varias dificultades. El concepto de fabricación mismo, que actúa siempre sobre una materia, sobre un objeto. Durante el proceso de trabajo, todo se juzga en términos de conveniencia y utilidad para la consecución del fin. Da lugar a la perversión de medios y fines, a un mundo estrictamente utilitario. Todos los fines están sujetos a tener una breve duración y a servir de nuevos medios para posteriores fines. El valor fundamental pasa a ser el uso, la utilidad, sin explicar nunca cuál es esa utilidad misma, qué sea ésta. Desde esta perspectiva, el Arte, siempre placer sin interés, nunca sería útil y por tanto nunca tendría valor. También, los mayores descubrimientos científicos no son utilitarios, son serendipitarios, libres. La aplicación práctica es un subproducto de la acción.

La fabricación siempre parte de un material dado que se instrumentaliza siempre. Se degradan así todas las cosas en medios, perdiendo su valor intrínseco e independiente. Esta instrumentalización del mundo y de la tierra conduce a una ilimitada desvalorización de todo lo dado. Lleva a la absurda opinión de que el cosmos se halla sujeto a las exigencias de la vida humana. Mal entendida, detrás de la afirmación de Protágoras de que el hombre es la medida de todas las cosas, despunta la vulgaridad del utilitarismo y quizá por eso los griegos nunca consideraron como libre y ciudadano al artesano, incluyendo a pintores y escultores. El Homo Faber, el artesano, sólo se manifiesta en los objetos que produce.

Maestro y obrero se usan como sinónimos hasta el siglo XIV. Maestro, obrero, artesano, se realizan aisladamente, hasta hacer propia la Idea (eidos), el Plan o la Imagen de la cosa que va a ser, en soledad. Se trata, sobre todo, de un poder sobre las cosas, no sobre las personas. Pero para que el mundo sea hogar para los hombres, “para que la vida siga siendo digna de ser vivida (Aristóteles)” “el artificio humano ha de ser un lugar apropiado para la acción y el discurso, para las actividades inútiles para las necesidades de la vida, que son de una naturaleza totalmente distinta a las múltiples actividades de fabricación. “

Es un signo desgraciado de nuestro tiempo el que la libertad de emprender se entienda restrictivamente como la libertad de iniciar una actividad económica lucrativa. La capacidad de empezar y actuar es mucho más y responde a la pregunta “¿Quién eres tú?”. Con el acto ante otros hombres y la palabra y el discurso que lo cuenta, nos insertamos en el mundo humano. A dicha inserción no nos obliga ni la necesidad ni la utilidad. Esta capacidad de iniciar y actuar, es siempre impredecible y no puede encauzarse para que llegue a ser el precipitado final de un proceso de fabricación, o peor, el fruto de una ley física o histórica o un algoritmo matemático.

Hoy se ha desatado una carrera para construir algoritmos que predigan qué iniciativas y qué decisiones adoptarán los seres humanos en múltiples áreas. Se trata de predecir, en términos estadísticos por supuesto, qué decisiones finales adoptará el consumidor, el deportista, el político, el técnico. Ni siquiera son necesarias teorías explicativas de por qué los humanos decidimos esto o aquello, basta con la abrumadora capacidad de tratamiento de billones de comportamientos precedentes para saber con creciente precisión qué se hará.

Este conocimiento no en sí mismo censurable. Pero si se empuja de una manera u otra al hombre a fabricarse una imagen de sí mismo que sea perfectamente previsible perderemos un aspecto fundamental de nuestra humanidad. Los modelos del llamado Homo Economicus, que se basan siempre en un humano estadístico que sólo considera su propio interés están en la base de muchas de las grandes plataformas tecnológicas que usamos y fuerzan a quienes quieran se quieran valer de ellas a comportarse de esa manera y no de otra. Cabe preguntarse si tras muchos de los modelos de autenticidad, de vida plena y con sentido del hombre contemporáneo no se esconde el espectro de un mero consumidor que compra a otro fabricante su yugo voluntario.

La restricción de la iniciativa, de la libertad por tanto, tiene una especial incidencia en el ámbito de la política. No es inocente el intento de reemplazar el actuar político con el hacer apolítico. Las ideologías totalitarias siempre han querido absorber toda iniciativa política restringiendo la política a una mera gestión del día a día, administrando leyes históricas inexorables o la Autoridad encarnada del Jefe. Hoy, las ventajas de una tiranía tecnocrática que destierre a los ciudadanos de la esfera pública en términos de previsibilidad, estabilidad, seguridad, productividad se venden en nombre del Sentido Común, del pragmatismo, el posibilismo y el estado actual de cosas. La política monetaria de los Estados, como es sabido, se ha atribuido en exclusividad a un organismo no político o dicho en otros términos, meramente técnico, como es el correspondiente Banco Central. No es de extrañar que haya muchas voces que proponen que la política presupuestaria siga idéntico camino. En muchas ciudades de Estados Unidos se impone un modelo de gestión municipal en el que el municipio es un mero gerente de empresa o, si se prefiere, el administrador de una comunidad de propietarios muy grande. La política como mero arte de ejecución, de llevar a la práctica ( prattein) pero no de comenzar ( archein). Sí, todas las teorías de dominación distinguen entre saber y hacer. Al Homo Faber no le preocupa el qué o quién, qué haya que hacerse. Sólo el cómo, el proceso productivo y reproducible. Ya no hay ser, sólo proceso.

El masón no se construye a sí mismo y no tiene un plan predeterminado que concienzudamente ejecuta. Ni siquiera tiene la perspectiva de toda su vida. La vida de una persona no discurre así. Su objetivo no es una estatuaria de sí mismo, porque es libre, es decir, impredecible. Si no tiene además en cuenta que esa libertad no es solo la suya propia individual o la de los demás sino la de cada cual para actuar ante los demás, para interactuar, también impredeciblemente, no podrá dar cuenta de sí mismo.

Como en otros momentos de la historia, vivimos paradójicamente. Aristóteles afirmó que la filosofía nació en Egipto una vez que la abundancia permitió que los sacerdotes fueran alimentados. Hoy, los medios que satisfacen nuestras necesidades, que nos liberan de la vida animal, corta y sórdida, son incomparablemente mejores que en cualquier otro momento de la historia. Estamos a un paso, realmente, del sueño de la soberanía individual, de un ideal de autosuficiencia olímpica. Pero esta soberanía quizá sea una pesadilla y lo que de verdad cuente realmente sea el ser autor, el dar cuenta de nosotros mismos, el relatarnos.

Juan de Mugarri.