Sobre los muros y las sombras

Sobre los muros y las sombras

Sobre los Muros y las Sombras. © El Genio Maligno.
Sobre los Muros y las Sombras. © El Genio Maligno.

“SOBRE LOS MUROS Y LAS SOMBRAS”

 

“Todo el mundo va a lo suyo… menos yo, que voy a lo mío”. Facebook

 

Los Muros y las sombras. Decía Lord Malborough que “Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes. Inglaterra tiene intereses permanentes”, lo cual viene a ser una forma de institucionalizar la cínica frase extraída de Facebook, que se acaba de mencionar. Como vemos, el egoísmo no es nada nuevo, no se trata de un fenómeno postmoderno, ni siquiera forma parte, exclusivamente, de la cultura occidental. Masonería en Sevilla.

El egoísmo y la codicia, son los firmes pilares que sustentan todas las barreras. Tienen formas cambiantes, se disfrazan con máscaras religiosas, económicas, ideológicas o políticas, van acompañadas – demasiado a menudo – de iluminados discursos convincentes, pero siempre responden a un mismo esquema interno: el insaciable deseo de unos pocos por tener mucho más que el resto.

Los países los elevan a la categoría de “interés nacional”, sin tener en cuenta la opinión real de sus ciudadanos ya que, en realidad, sólo responden a las demandas de los nuevos notables de la economía. Los mandatarios deben servir a sus mandantes, para ser apoyados, pues bien sabemos que los verdaderos enemigos de los políticos no están en los partidos oponentes, sino entre sus propias filas. Protegen a sus notables, para ser protegidos por estos, en una suerte de nuevo feudalismo disfrazado de sufragio universal, de escasas miras y de corto plazo.

Nuestro mundo ha cambiado, eso es cierto, y ya no ponemos en práctica el inveterado ejercicio de invadir la aldea vecina para saquearla conforme se acerca la época estival. Ahora todo es más sutil, mucho más civilizado e incontrolable; ahora esas aldeas son otras empresas u otras naciones debilitadas estructuralmente, y hemos cambiado las espadas por las finanzas, y la esclavitud real por una falsa sensación de libertad. Justificamos la abolición de las barreras comerciales, invocando las bondades de la globalización y el libre mercado, como si lo hubiéramos inventado hace unos años, olvidando que ya en la antigua Grecia, el trigo que se consumía en los hogares procedía de la actual Ucrania.

Libertad de mercado, abolición de barreras arancelarias, deslocalización de grandes multinacionales… pero las prácticas siguen siendo las mismas, y una nueva generación de trabajadores esclavizados viene a servir a una sed de codicia que no conoce medida.

Muros donde los más ricos se defienden de los pobres, muros construidos por quienes estamos a mitad de camino, esa gran mayoría que vive constantemente asustada y convencida de que debe defenderse de males indecibles para proteger su modo de vida. Somos nosotros esos muros accidentales; la clase media que no se rebela, que defiende sus hipotecas, sus préstamos personales, sus electrodomésticos, sus pensiones, sus diversas y variopintas vanidades, sus particulares codicias: somos los ladrillos de los muros que protegen a esos pocos… pero no lo sabemos.

Surgen constantes voces que claman por una firme contención en el consumo, como modo de reaccionar a esta utilización maniquea de nuestras necesidades reales. De hecho, este planeta, esta nave donde todos viajamos por el espacio infinito, no puede soportar un nivel de consumo tan desquiciado. Pero, a la vez, olvidamos que el Estado del Bienestar se sustenta en los impuestos, que estos proceden – en buena medida y a modo de ejemplo – de las plusvalías que genera la fabricación, la distribución, la prestación de servicios o el comercio minorista, así como de la fuerza del trabajo que activa todo el proceso… si dejáramos de consumir de manera general, la falta de demanda convertiría en innecesaria esta cadena de generación de bienes y servicios, pues los márgenes de beneficios no podrían justificar los costes. Menos plusvalías y menos fuerza de trabajo, darían como resultado menos impuestos: el fin de las prestaciones sociales, el fin de las más grandes conquistas alcanzadas por Occidente.

Esos pocos codiciosos, han sabido planificar muy bien la construcción de los muros, creando un sistema perverso ante el cual no cabe alternativa. Ningún líder político sería capaz de plantear otra opción económica, que pudiera dejar a su población sin sanidad o educación pública. Nadie se lo permitiría, habría una durísima reacción popular y es, en esos precisos momentos, cuando el muro crece, se fortalece, se consolida… y el codicioso al que protegemos sin saber, respira sonriente y aliviado.

Nuestro mundo ha reaccionado, casi siempre, de dos maneras recurrentes: la revolución o la reforma. La primera, la revolución, siempre ha provocado el maligno efecto de una drástica involución… y esos pocos codiciosos se han sabido adaptar a las circunstancias y volverlas favorables a sus intereses, pues el líder revolucionario también precisa de apoyo y financiación. El muro ideológico ha servido a los mismos intereses de siempre, y nos hemos sumado a él como ladrillos voluntariosos creyendo firmemente que luchábamos por un mundo mejor, por el interés del pueblo.

La segunda reacción, la reforma, parte del convencimiento de que el muro es indestructible, pero que admite modificaciones estructurales. Ante esta opción, el codicioso analiza el horizonte de nuevas ganancias y, si las previsiones son aceptables, si el riesgo es asumible, las acepta y no se opone e incluso las facilita. De este modo, las reformas han cambiado sosegadamente la realidad cotidiana, haciéndonos creer que los derechos sociales que tenemos nos lo merecemos, y que los que dejamos de tener, es porque no se pueden pagar puntualmente. El sistema se adapta, vive a crédito del codicioso y cuando no es suficientemente solvente, se vende por partes a su propio acreedor, invocando las beldades de la privatización. La población, entonces, reacciona; los mandatarios elevan la presión fiscal, y el codicioso vuelve a respirar aliviado: el muro se ha vuelto a fortalecer y ha cumplido su misión.

Para que unos pocos tengan mucho, otros muchos deben tener poco. La riqueza es finita y localizable, pero debe quedar protegida y no hay mejor manera de hacerlo que utilizando adaptativamente la mentalidad colectiva. En unas naciones, primarán los patrones lacios y en otras los religiosos. Para algunas sociedades, los principios medioambientales, para otras la libertad de mercado justificará cualquier otra consideración sea o no gravemente contaminante para el entorno natural o perjudicial para la vida humana. Nos gusta pensar que este mundo nuestro es o será gobernable algún día, pero ya Naciones Unidas ha advertido que la mayor lacra de nuestro tiempo es el crimen organizado y su retoño putativo: el terrorismo, y ninguna medida parece servir de freno efectivo, a pesar de los años transcurridos desde que se adoptaran las premisas legislativas de la Convención de Palermo.

A pesar de todo ello… el mundo puede ser habitable, algún día. Incluso el codicioso debe admitir que el cambio climático puede afectar a sus intereses; que no puede reducir a la indigencia absoluta a sus deudores naturales, esto es, todos nosotros, pues perderíamos las fuerzas y el muro podría quebrantarse. Quedaría expuesto a una mayoría incontrolada e incontrolable, y sus accionistas le volverían la espalda. Se avecina un cambio, tal vez, antes o después de una guerra, pues el auge de los fascismos en Europa y América, adobado con una crisis económica e institucional muy profunda que no parece tener solución, trae desagradables recuerdos de otras épocas oscuras de nuestra historia común.

Nuevas fuentes de energía limpia, utilización de materiales derivados del carbono, creación de productos biodegradables, readaptación de los cultivos, replanteamiento de la farmacología o una nueva revolución industrial que incorpore la automatización absoluta de los sectores productivos, comerciales incluso educativos, darán lugar a cambios muy sustanciales así como a bolsas de desempleo inimaginables: ya no será necesaria la deslocalización de grandes empresas, pues las plusvalías no habrán de depender de la mano de obra barata. Nuevos tiempos están por llegar, en los que la geopolítica no estará vinculada necesariamente, al control de minerales estratégicos y materias primas fósiles y, esos muros, aunque nunca desaparezcan, precisarán de menos sangre y dolor para mantenerse.

Los verdaderos cambios, los más profundos y permanentes, no nacen en el entorno, sino en el interior de cada ser humano y son cambios muy lentos, muy poco llamativos, que ocupan largos años de vida. Aún no sabemos que todos estamos unidos por una misma naturaleza esencial, que no es física ni tiene nombre, y que esta naturaleza oculta sólo se muestra si deseamos hallarla.

Al encontrar nuestra verdadera identidad, descubriremos la de nuestros semejantes, la de cada ser, naturaleza y esencia de este ancho mundo, y muy poco habrán de importar, entonces, las ideas y creencias pensadas por otros para nosotros, porque no tendremos miedo alguno. El codicioso será desobedecido, quedará expuesto, develado, ya no podrá convencer, y se verá obligado a actuar con violencia, a imponerse por la fuerza bruta para restituir los muros que le defienden… pero esa será su perdición y su final, porque lo verdaderamente valioso, ya no tendrá que ser evaluado.

Dice Karl Kerényi que “… en lo más hondo de las profundidades del hombre, es donde el mundo renace con cada uno de nosotros, y se recrea perpetuamente como un mundo transparente y espiritual” y ese encuentro con nuestra verdadera identidad, con nuestra auténtica naturaleza, nos une a todos y a todo. Silencio y sosiego que abarcan toda la verdad intemporal, que hablan sin palabras de los vínculos rotos, de la obstinada ceguera que padecemos… pero que también trae dulces melodías de esperanza, de la alegría del ansiado reencuentro, de la pasión por la vida, el mayor regalo que hemos recibido.

Comprenderemos, entonces, que un sencillo golpe de brisa encierra toda la belleza, que una suave caricia contiene todo el amor, que un gesto de bondad o una sonrisa cómplice son las mayores ofrendas que podemos obsequiar. Un mero instante de luz despejará todas las sombras con la fuerza de mil soles, con la serenidad con que el día sucede a la noche, con la potencia imparable de la compasión.

Sabremos, entonces, que los milagros se prodigan, que menudean, que se ofrecen, sencillamente, a cada momento. Abrazados por la calma, entenderemos que todas nuestras absurdas renuncias forman parte del complejo proceso de la existencia… perdonaremos y, también, seremos perdonados.

“¡Mar de dilatadas marejadas!
¡Mar que respiras profundo y revuelto!
¡Mar que eres la sal de la vida! ¡Mar de tumbas siempre abiertas y sin cavar! ¡Mar aullador y escultor de tormentas! ¡Mar caprichoso y delicado!
Formo un todo contigo… también yo soy de una fase y de todas las fases. Partícipe de flujos y reflujos… glorificador del odio y de la reconciliación, glorificador de los amigos y de aquellos que duermen abrazados”

Hojas de Hierba (22) – Walt Whitman

Y es que la Palabra no está perdida… sino que somos nosotros, los que estamos desorientados.