Ocio estival, ocio masónico

Ocio estival, ocio masónico

Ocio Estival, Ocio Masónico, Plancha de Eupalinos
Ocio Estival, Ocio Masónico

Ocio estival, ocio masónico.

En mi caso, la canícula es buena época para la reflexión y el ensayo, pues un cierto hedonismo intelectual añadido a la calurosa laxitud que acompaña al tiempo libre veraniego, me ayuda a desgranar con tranquilidad y lentitud imágenes, ideas y pensamientos a los que en otras épocas del año yo prestaría menos atención o consideraría irrelevantes.


Tomo como primer ejemplo de lo anterior una sofocante tarde del pasado agosto, disfrutando apaciblemente de la lectura, rodeado de varios libros impresos y el inevitable ordenador; fue entonces cuando me volvió a surgir una duda, una duda posmoderna: en un proceso de aprendizaje ¿es lo mismo leer un texto impreso que leerlo en una pantalla de última generación, p. ej., con tinta electrónica? La respuesta no es sencilla, tiene que ver con la percepción espacial en dos o tres dimensiones y me llevó bastante tiempo discurrirla y entenderla.
Pero por ser un tanto tecnológico y aunque me haya servido de introducción, no es éste el tema que quiero tratar hoy. Como ejemplo típico de las muchas divagaciones que me están acompañando este verano, prefiero fijarme en otra elucubración que me parece de un mayor interés masónico y quisiera exponerla en esta Pl.·. por si despertara vuestro interés otoñal.

A saber, voy a abordar una disquisición sobre el significado último del ocio, del “qué es el estar ocioso” para después investigar su conexión con la masonería.

Como punto de partida hemos de regresar al periodo de cálida reflexión veraniega que mencioné al comienzo; parece que la clave de su placentero atractivo estriba en el concepto de tiempo libre o mejor aún, del disfrute de un tiempo libre.

Ahora bien ¿es tiempo libre o es ocio? ¿Son equivalentes ambos conceptos? La pregunta viene de antiguo y en nuestros tiempos ha sido muy manoseada por los sociólogos al discutir la mercantilización de los posibles contenidos del tiempo libre o del ocio en una sociedad de consumo. Y la cuestión se las trae, porque ambos conceptos –tiempo libre y ocio- no son en absoluto sinónimos aunque, y sin ir más lejos, a menudo se utilizan indistintamente; en la prensa veraniega española podemos encontrar abundantes ejemplos de este error. Curiosamente, en otros idiomas ocurre con menor frecuencia.

Estando en éstas me pasó por la cabeza una peregrina idea estival: cuando trabajamos en el T.·. ¿acaso no estaremos ociosos, es decir, disfrutando de un tiempo de ocio? Claro que, así planteada, frontalmente, la pregunta suena más a impertinencia verbal que a interrogante veraniego. Investiguemos entonces el trasfondo de la cuestión.

Hablemos del tiempo libre.

La expresión “tiempo libre” (el antaño denominado “privilegio de los nobles”) se utiliza en general para designar el tiempo fuera del horario laboral; es por tanto un antónimo del trabajo que -además- impone para su análisis el concepto de tiempo. Al ser el tiempo una magnitud derivada de sucesos secuenciales (día < > noche) o movimientos periódicos (la oscilación de un péndulo), es obviamente cuantificable y ello nos permite medir duraciones, intervalos y frecuencias entre eventos.

La cosa se complica cuando entramos en la aplicación del tiempo y le atribuimos o apreciamos cualidades, esto es, cuando abordamos su cualificación. Entonces el tiempo medido se nos desdibuja: un minuto puede ser decisivo para una transacción en Bolsa o unas décimas de segundo para la medalla de un atleta. El tiempo se nos evade aún más si va acompañado por la peleada liberación laboral y logramos conquistar el ansiado tiempo libre. Una vez en él, disfrutando de él, intentamos cualificarle y relativizar su cuantificación temporal (he pasado una tarde tranquila…), con lo que entramos en un terreno espinoso puesto que el anhelado tiempo libre abarca múltiples actividades de escasa liberación y si no, que se lo pregunten a las amas de casa cuando vuelven del trabajo…

En teoría, nuestro tiempo libre debería servir para que la ciudadanía ponga en práctica sus libertades y desarrolle sus propias alternativas sociales siempre respetando las de los demás, pero no para simplemente escoger de entre todas aquéllas que la sociedad de consumo tan generosamente nos ofrece. En la práctica, ¿utilizamos libremente nuestro tiempo libre?

Hablemos ahora del ocio masónico.

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