Ocio estival, ocio masónico, II

Ocio estival, ocio masónico, II

Ocio Estival, Ocio Masónico, Plancha de Eupalinos
Ocio Estival, Ocio Masónico

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Hablemos ahora del ocio.

Es más difícil precisar el alcance del ocio, aunque salte de inmediato la disyuntiva romana otium negotium y nos pueda parecer que el ocio abarca todo aquello que no tiene que ver con los negocios y por tanto con el trabajo entendido como transacción; pero las raíces del ocio son muy otras que de las del tiempo libre y son de carácter cualitativo, bien que la duración y los intervalos del ocio también acaben siendo medidos en unidades de tiempo.

Remontándonos a tiempos pasados en busca del ocio del género humano, las sociedades cazadoras/recolectoras -y también las agriculturales de bajo nivel tecnológico- no establecían barreras entre el trabajo y las actividades extra-laborales; muy al contrario, acompañaban al trabajo mediante rituales de todo tipo (música, ritos de paso…). ¿No llama la atención masónica este hecho?

Lo repito: mediante rituales, estas sociedades acompañaban al trabajo.

Si nos vamos a épocas algo más cercanas, a los siglos V – IV a.C., los grandes teóricos del ocio fueron Platón en su República y Aristóteles en su Política; para ellos el ocio derivaba etimológicamente de la palabra griega scholé y era, en primer término, una actividad que implicaba la búsqueda del conocimiento y la auto-mejora, lo que presuponía el estar libre de la necesidad de estar ocupado.

Es decir, aunque el ocio también implique duración y por tanto tiempo, viene dictado en primer lugar por una necesaria premisa de libertad ocupacional y, en segundo lugar, por una actividad intelectual, una búsqueda en pos de la sabiduría. El ocio es entonces un estado mental reflexivo que permite el desarrollo de un aprendizaje.

De este modo en el tiempo de ocio y con esta disposición de ánimo especulativa, tiene lugar una actividad intelectual dirigida hacia un objetivo concreto: la mejora personal, ética y moral del ocioso. ¿No nos suena cercano? No es de extrañar que así sea, puesto que ambos filósofos (junto con tantos otros MM.·.) forman parte de la Tradición Perenne masónica, tan presente en nuestros RR.·. Son los representantes de una transmisión iniciática de conocimientos y de una continuidad en la búsqueda de sabiduría que nos sirven como referentes.

Con la llegada de la sociedad industrial y su posterior evolución tecnológica, los conceptos de tiempo libre y ocio se han entremezclado de forma inexacta y engañosa, adquiriendo significados espurios. En el caso del tiempo libre, en cuanto se distorsionan sus posibles contenidos y en el caso del ocio, introduciendo un elemento negativo.

Para comprobarlo y no sin cierto regodeo, vamos a consultar el inefable diccionario de la Real Academia Española (vigésimo primera edición), donde encontramos cuatro acepciones para la palabra ocio:
1. Cesación del trabajo, inactividad (se añade inacción o ¡total omisión de la actividad! en la 22ª edición).
2. Tiempo libre de una persona.
3. Diversión u ocupación reposada especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas.
4. Obras de ingenio que uno forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones.

La comparación de las dos primeras acepciones nos lleva al absurdo de una obligada inactividad durante el tiempo libre. O sea, que la ceremonia de la confusión entre ambos términos va más allá de suponerlos sinónimos, pues –encima- ni en el tiempo libre ni en el ocio nos dejan estar activos… adiós el bricolaje. Una vez más, el RAE resplandece.
Si pasamos a las acepciones 3ª y 4ª, poco queda en ellas de las muchas reflexiones acerca de cómo disfrutar el tiempo libre y del ocio nos legara el mundo clásico: Grecia, Roma, los Maestros del Medievo, las escuelas renacentistas… Unas consideraciones que estuvieron muy presentes hasta el siglo XVIII y hoy han pasado a ser puramente académicas.

Académicas pero todavía activas: encontramos hoy en Nápoles la “Academia de los Ociosos”, fundada en esta ciudad por el Conde de Lemos (1611), que celebró no ha mucho su 400 aniversario. Bajo el lema “Non pigra quies” (=> no quedarse en la apatía), debatían (y siguen debatiendo) temas humanísticos de todo tipo; fueron vivero de conspiraciones revolucionarias y de ella podían (y pueden) formar parte tanto españoles como italianos. Además … ¡desde sus comienzos fue (y sigue siendo) mixta!

Más o menos coetáneas, aparecieron Academias de este tipo en Zaragoza, Bolonia y Pavía. También, de fundación moderna pero de inspiración humanista y siguiendo la tradición de las clásicas, las encontramos en EE. UU. (ALA, Academia Americana del Ocio), Londres y Belfast. Como vemos la diferencia entre tiempo libre y ocio no se queda en un mero juego de palabras.
Según iba dando vueltas a estos pensamientos, una vez más me daba cuenta de lo bien que reflejan nuestras prácticas masónicas la evolución de algunos arquetipos morales primarios, a veces de manera muy sutil y en paralelo a ciertas imágenes simbólicas (que en nuestro caso podrían ser inicialmente la regla de 24 pulgadas o el reloj de arena, según Gr.·.),. Pero esa es otra historia.
Quiero dar fin a esta Pl.·. veraniega reformulando la pregunta un tanto heterodoxa que planteaba al comienzo y hemos estado investigando, a saber:

Cuando trabajamos en el Ta.·., ¿no estamos ociosos en el sentido original del término? En ése aquí y ahora, ¿no estamos ociosos? Pues en términos masónicos clásicos y rigurosos, lo estamos. Somos masones trabajando provechosamente y al mismo tiempo… ociosos.