Nuestra común humanidad.

Nuestra común humanidad.

El Olimpismo, espíritu de convivencia.
El Olimpismo, espíritu de convivencia.

Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016la XXXI Olimpiada de la era moderna, están poniendo de manifiesto una vez más que podemos ponernos de acuerdo, que la convivencia pacífica, aunque esté siempre atravesada de controversia y conflicto, es posible entre los seres humanos. Todos estamos de acuerdo, los del Norte y los del Sur, del Este y del Oeste, de Oriente y Occidente, varones y mujeres, materialistas y espiritualistas, místicos y racionalistas, increyentes y creyentes, musulmanes y cristianos, judíos y budistas, suníes y chiíes …, no nos enfadamos porque resuenen los himnos de los otros, no consideramos blasfemo ni sacrílego que los Juegos Olímpicos no se abran ni se cierren con una oración a nuestro Dios, no somos tan miserables como para pensar que Yahvé, Alá, Nuestro Señor Jesucristo, o Buda Amida se van a sentir ofendidos porque los juegos se inauguren bajo los auspicios de un símbolo universal como la llama olímpica y los aros olímpicos que evocan nuestra patria común, la Tierra, con sus cinco continentes. Somos como niños que dejan de lado sus diferencias y se ponen de acuerdo para jugar y ser niños de verdad. En ese acuerdo esencial nos sentimos unidos, a pesar de lo que nos separa —que no es poco—, en nuestra común humanidad a partir de la cual estamos seguros se pueden extraer unos principios éticos universales de cuyo respeto depende el establecimiento de una sociedad pacífica, comprometida con la dignidad humana. Así lo declara la Carta Olímpica: “Al asociar el deporte con la cultura y la formación, el Olimpismo se propone crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales.” “El objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.

Como en el poema de Kipling fuera del estadio somos de una etnia, de una tradición, de una cultura particular, con sus símbolos y sus relatos, pero en el estadio somos parte de un relato común. Bajo la bandera olímpica somos simplemente deportistas, atletas, espectadores que practicamos una forma de fraternidad básica, más allá de nuestras diferencias culturales, lingüísticas, religiosas o filosóficas. En nuestro fuero interno hablamos en nuestra propia lengua o dialecto, nos representamos el mundo según nuestra cultura y nuestra religión, oramos o monologamos a nuestro modo particular, nos encomendamos a lo más sagrado o a lo más profano, a Dios o la simple gloria de ser los mejores, nadie nos priva de nuestro ser particular, pero todo nos convoca a participar en un juego en el que precisamente “ponemos en juego” nuestra común humanidad.

El espíritu olímpico nos enseña que es posible convivir con los demás si cada uno de nosotros renuncia de alguna manera a llenar todo el espacio público con sus propios símbolos, con sus Mitos, con sus querencias colectivas, y en ese espacio vacío que dejamos permitimos al otro que participe en el juego de la vida, todos unidos en nuestra pura y desnuda humanidad. Nadie tiene que renunciar a nada porque todos renunciamos instrumentalmente a lo mismo para poder jugar —convivir— juntos como cuando éramos niños y niñas.

 

¿No es hermoso ese momento en que nos reconocemos unidos a pesar de nuestras diferencias?

 

El espíritu olímpico es una demostración práctica de que es posible, y también equitativo y necesario, articular el espacio público de acuerdo con nuestra común humanidad, reservando el espacio particular y privado para nuestras diferencias culturales y religiosas irrenunciables. Ese ideal, que de una manera o de otra, con una terminología o con otra —civilty, civilidad, aconfesionalidad, secularismo, laicidad— hemos conseguido hacer posible, más o menos perfectamente, en todo el mundo desarrollado sin despreciar nuestras raíces culturales ni renunciar a nuestras apuestas pascalianas, a nuestras tradiciones y costumbres, a nuestra historia, contemporizando con lo que de razonable tienen las tradiciones particulares —que es mucho— y reservando al espacio privado para los condicionantes que solo se amparan en la libertad de cada uno, a riesgo y ventura de nuestras personales opciones.

El Olimpismo, la Cruz Roja, el Escultismo, Amnistía Internacional, Transparencia Internacional, Green Peace, la ONU, la UNESCO, la FAO, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Parlamentarismo democrático, la Unión Europea…, el mismo lenguaje con el que hemos sido capaces de pensar la Filosofía y la Ciencia tal y como hoy las conocemos son posibles gracias a que hemos tenido la humildad y la inteligencia de ser y pensarnos abiertos, decididos a que prevalezca la razón universal de nuestra común humanidad, sin renunciar por ello a nuestro casticismo particular y a nuestras opciones personalísimas.

 

Javier Otaola.

Abogado y escritor.

De la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.

Publicado en EL CORREO el día 22 de agosto de 2016