Nietzsche y la masonería.

Nietzsche y la masonería.

Masonería Española presenta a Javier Otaola. Nietzsche y la Masonería.
Nietzsche y la Masonería, por Javier Otaola.

Ética de la distancia y ética de la proximidad. Nietzsche y la masonería, por Javier Otaola.

La radicalidad de la propuesta de Friedrich Nietzsche levantando acta de la muerte de Dios y de todo principio fundante, ya sea la Razón, la Tradición o la Naturaleza nos enfrenta a la enormidad del anuncio.

Paradójicamente esa ausencia de todo fundamento no le lleva a predicar el desaliento sino el coraje. Propone la aceptación de la vida en toda su desnudez. Nietzsche que repudia la metafísica trascendental y teológica sin embargo no puede evitar proponer una metafísica sustitutiva aunque sea inmanente, no menos normativa que la que pretende derribar; para Nietzsche si somos fieles a la mejor posibilidad de nuestro ser, debemos distanciarnos de todo lo que no sea señorial y abrazar la voluntad de poder, emprender la superación de lo meramente humano y asumir el mito del eterno retorno.

Hay algo de hermosamente romántico, de prometeico, en su invitación a una ética de la distancia, a huir hacia arriba, hacia las cumbres heladas, solitarias, al alejamiento de lo “humano, demasiado humano”. Su invitación a filosofar con el martillo se traduce en una exhortación a derribar ídolos, a no dejarse consolar con placebos y a asumir la intemperie de la existencia, pero el recorrido de esa propuesta se nos muestra muy corto en cuando lo emprendemos. Una vez que cada uno de nosotros ha hecho ese ejercicio de derribo y de exaltación de su voluntad convirtiéndose a si mismo en la medida de todas las cosas se encuentra confrontado a un mundo inhabitable lleno de superhombres, que se colocan cada uno de ellos más allá del Bien y del Mal y que reclaman para si el cumplimiento de su voluntad de poder. Reaparece el viejo temor de Thomas Hobbes a la guerra de todos contra todos en la que siendo cada hombre un pequeño dios para sí mismo, sin deberes ni obligaciones, nos vemos todos condenados a un continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre está abocada a ser —en ese estado de naturaleza exento de toda ley— solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. (…)

“En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe; donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales. Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son, aquéllas, cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no en estado solitario.” (LEVIATAN)

La ética de la distancia, de la altura, el aristocratismo radical de Nietzsche tienen, en efecto, una virtud tónica muy valiosa para derribar muros y abrir horizontes, pero una vez acabado el trabajo de demolición nos deja simplemente a la intemperie.

No hay, a mi juicio, en ese aristocratismo una verdadera propuesta ética que atienda a la experiencia de lo que somos —nacemos frágiles, vivimos menesterosos y morimos frágiles— , y que a partir de esa constatación, nos permita esclarecer qué podemos ser y qué podemos esperar.

Javier Otaola
La resistencia íntima.

Frente a la ética de la distancia, de la altura, del superhombre (ultrahombre) encuentro más verdadera, más congruente con mi propia experiencia la ética de la proximidad[1] de la que hablan tantas tradiciones humanistas, entre ellas la propia masonería ¿No es la masonería la que nos recuerda la validez universal de la regla de oro: “No hagas a otro lo que no deseas que te hagan a ti” ? La necesidad de una ética práctica nos obliga a asumir algún tipo de ontología: la ética no tiene respuesta posible si no llegamos a saber quienes somos y así atender a lo que somos (Píndaro).

El vitalismo de Nietzsche, lo que su pensamiento tiene de reivindicación de la vida y de asunción de lo que de irracional hay en ella ya ha sido articulado por Ortega que considera que en su aspecto originario o primordial el mundo que se ofrece en la vida es “naufragio”: “Vivir es encontrarse náufrago entre las cosas. No hay más remedio que agarrarse a ellas. Pero ellas son fluidas, indecisas, fortuitas. De aquí que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad”.

Y aquí está lo decisivo: nuestra vida no nos viene hecha de una vez por todas, es consustancial a la existencia tener que construirse a sí misma. En cada instante tenemos que decidir cómo actuar, qué vamos a hacer; y en este decidir qué hacer nos es fundamental conocer cómo funcionan las cosas, anticipar cómo se van a comportar, necesitamos relacionarnos “funcionalmente” con los entes.

Forma parte constitutiva de nuestro ser precisamente la necesidad y el deseo de comprender; cuando creemos comprender las cosas dejan de ser inseguras, indecisas, fluidas. El mundo no es ya un océano y la vida no es ya un naufragio completo y se hace posible, aunque sea provisionalmente, una arquitectura con sus puntos cardinales, con su orden cósmico. Vivimos humanamente gracias a nuestras convicciones personales y podemos hacerlo socialmente gracias a nuestras convicciones compartidas. No hay vida sin interpretación del mundo y de sí misma y no hay vida social, es decir humana, sin un marco de referencias compartidas.

A estas alturas de los Tiempos, por experiencia histórica y personal hemos aprendido a reconocer que somos una realidad que nace ya “enfundada” en un mundo hecho por otros y por lo tanto nuestra autonomía y nuestra libertad personal, que son reales, no son sin embargo ilimitadas sino que solo pueden darse reconocidas y asistidas por los otros, como decimos en masonería: “Mis hermanos me reconocen como tal”. El Venerable Maestro sólo puede encender las luces de la logia asistido por los oficiales y a la postre por la Logia entera.

Parafraseando el lenguaje críptico de Heidegger, podemos decir que después de venir sobreviviendo subterráneamente de posibilidad en posibilidad, llegamos aquí, al Mundo de los otros, arrojados por los otros.

Mundo es para Heidegger, y también para Ortega, no meramente un concepto geográfico sino existencial, social, histórico: ‘mundo’ es el lugar diferenciado donde una minúscula partícula de la humanidad (cada uno de nosotros) es recogido o acogido por otros en alguna parte del planeta, después de su odisea por el mundo de la posibilidad. Desde ese instante su modo de ser en el mundo al cual ha sido arrojado, se llama ‘habitar’ junto a otros en un espacio común. Ahora bien, tampoco en el habitar se está simplemente con otros: la esencia del habitar humano es ser ante otros, estar expuesto ante ellos.

El ser humano vive en un ciclo permanente de recogimiento/retracción en lo privado y de expansión/exposición en lo público. Como seres humanos nuestro mundo es la espacio-temporalidad propia del ser humano en cuanto ser en el mundo o habitante de su mundo.

Y es aquí donde la tradición masónica (también las tradiciones socrática, estoica, humanista y cristiana) reconoce el sentido de una ética de la proximidad o projimidad (fraternidad) y donde podemos descubrir una alternativa realmente constructiva frente a la sola Voluntad de Poder, que nos propone Nietzsche. Frente a la mera Voluntad de Poder la Tradición masónica propone, la Voluntad de Construir para Habitar humanamente el Mundo.

Llegamos así a una ética de la proximidad, a una reflexión fundada en la experiencia que se tiene del otro, y no simplemente como otro ser humano, sino como prójimo (frater)esto es: experiencia de seres humanos espacial y temporalmente próximos; expuestos, por lo tanto, a los efectos de mis iniciativas, de mis preferencias e intereses, en fin, de mi libertad y yo a sus iniciativas, preferencias e intereses.

Esta experiencia ante-el-prójimo, es reveladora de lo que somos, tanto cuando es cooperación como cuando es conflicto, cuando es divergencia como cuando es convergencia por causa de intereses en pugna. La experiencia del otro, del prójimo/próximo que me interpela es una experiencia irreductible tanto a la experiencia del mundo de los entes en general como a la experiencia enclaustrada de la interioridad.

El otro no soy yo ni es simplemente una cosa del mundo, pero el Mundo no me es humanamente habitable si no lo construyo con el próximo/prójimo (frater).

 

Javier Otaola.

[1] Josep Maria Esquirol. La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad. Acantilado. 2015