Matrix y la iniciación masónica

Matrix y la iniciación masónica

Matrix y la iniciación masónica.
Matrix y la iniciación masónica.

Cuando pensamos en cine y masonería lo normal es que nos vengan a la mente algunas películas en las que de manera directa o indirecta aparece la imagen de la masonería como institución, su “decorum” —logias, mandiles, ritos…— , quizá también su sociabilidad, sus vínculos de fraternidad y tal vez su papel histórico en algunos acontecimientos vinculados a la Ilustración o a la emancipación política de las repúblicas americanas o a la unificación italiana. Sin embargo, por mi parte hace mucho tiempo que considero que todo eso, siendo curioso, es secundario, superficial y a la postre de menor interés respecto al hecho esencial de la masonería.

 

Cuando hablamos de masonería sucede que sin saberlo nos instalamos en un equívoco fundacional, de un lado la Masonería sería una institución con fecha de nacimiento 1717, una asociación vinculada a las viejas tradiciones gremiales, un grupo humano que relacionamos con la sociabilidad surgida durante la Ilustración, que a veces se nos presentan como un club de librepensadores, en otras como una especie de capilla gnóstica, o incluso como una cuadrilla de “bon vivants” y diletantes. Para sus adversarios la masonería es siempre una red de influencias, oscura y todopoderosa, para sus entusiastas admiradores una selección de hombres preclaros y fraternos, ardientes defensores de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad…, nada de eso es cabalmente cierto. En todo caso funge socialmente como un cliché explicativo al gusto del consumidor.

 

Después de más de treinta años de práctica masónica, de asistencia a tenidas, debates, coloquios, ceremonias y encuentros, lo que realmente me parece más interesante, en realidad lo decisivo de la masonería para mí, lo que me ha hecho permanecer en ella es la experiencia reflexiva que la sociabilidad masónica, sus ritos, su método — simbólico, reflexivo y dialogado— propicia en cada uno de nosotros y la “amistad filosófica” que esa experiencia compartida nos procura con algunos hombres y mujeres en el seno de la logia. Esa virtualidad transformadora, esclarecedora, auto-poiética de la experiencia masónica es el único tesoro, el secreto esencial de la masonería. Distingo por lo tanto la Masonería como institución y/o asociación, con sus luces y sus sombras, su pompa y su esplendor, su imagen social, sus luchas y “batallitas”, sus encantos, y sus servidumbres…, de lo que con minúsculas llamo “masonería”, como experiencia iniciática y de esclarecimiento personal, una experiencia que se produce en el ámbito íntimo de nuestra conciencia y que ve la luz en la matriz simbólica de la Logia, al calor de la fraternidad con aquellos hombres y mujeres con los que nos encontramos entre la Escuadra y el Compás.

 

Reflexionando por lo tanto sobre cine y masonería no me voy a centrar en el análisis y comentario de alguna de las películas en las que aparece la Masonería institución, fácilmente reconocible y siempre vistosa, sino que me voy a centrar en la “masonería” como experiencia filosófica, existencial, analizando una película en la que por ninguna parte se vislumbra un mandil, ni una escuadra ni un compás, pero se relata lo que bien podría ser un trasunto narrativo de esa experiencia íntima de esclarecimiento personal, de ese descubrimiento de nuestro ser en su pura y desnudad humanidad, experiencia que por otro lado no está reservada exclusivamente a los masones, sino que todos, masones o no, de una manera o de otra tenemos que hacer: La película The Matrix (1999)

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