La traducción del exterminio de la masonería española

La traducción del exterminio de la masonería española

La persecución entre los masones de españa
El exterminio en la masonería española

Veamos primero qué significa traducir. La antropología tiene por tarea hacer inteligible una cultura extraña a los miembros de la propia cultura y la traducción se ocupa de hacer inteligible en la lengua meta un fragmento de la lengua origen. Para ello el traductor se enfrenta a una doble tarea. El primer trabajo es contextualizar y asumir en su propia tradición a la lengua extranjera y en su caso trasladar los conceptos de su ayer al presente de hoy. Tras ello, deberá hacer una traducción intracultural, es decir, deberá colocar el texto traído a la lengua meta en su propia tradición y contexto. El traductor es pues un pontifex o pontífice que construye puentes entre diferentes lenguas e historias y que permite dotar de dirección a un camino.

En la Alemania de los años 80 se debatió la posible historización del exterminio o erradicación de los judíos europeos perpetrado durante la Segunda Guerra Mundial (1) Los historiadores que entonces lo propusieron gozaban de prestigio académico y no eran sospechosos en absoluto de haber sido autores, cómplices o compañeros de viaje. Ni de haber negado el Holocausto. En esencia, con la historización, negaban el carácter genuino o único de la exterminación u Holocausto/Shoah judío, que se inscribiría en la historia más amplia del totalitarismo y del cual sería simplemente un capítulo más, quizá ni siquiera el episodio más importante de la época, a la vista de las atrocidades soviéticas. A su vez, el totalitarismo y las subsiguientes deportación, exilio o muerte de poblaciones o clases sociales enteras se enmarcarían en una tradición no por horrenda menos histórica. De ello deducían que lo que procedía era un análisis del Holocausto como un mero fenómeno histórico, un suceso pretérito campo de trabajo de los forenses del pasado; una cuestión cuasiacadémica de historiadores. Alemania, y el mundo en general, castigado el crimen, deberían ocuparse de crisis y problemas actuales e infinitamente más acuciantes antes que centrarse en una página negra, como tantas otras, de la historia de la humanidad. Centrarse en el Holocausto sería por ello contraproducente además de que era sencillamente falso atribuirle originalidad, o afirmar que constituía una culminación del horror. La Solución Final no comportaba una culpa primigenia.

En Alemania, y fuera de ella, se generó una enorme controversia que hoy, en términos de mayoría numérica, se ha saldado con la victoria aplastante de los opuestos a la historización. Para esta mayoría, el Holocausto no solo es un crimen contra la humanidad y un genocidio. Es algo más y ciertamente puede ser considerado el ne plus ultra de lo criminoso. Para esta mayoría, el Holocausto se convierte en el paradigma de lo intraducible, porque la traducción no puede ir más allá de los límites de lo humano. La Shoah es pues anterior a Babel o la supera, en el horror. Más allá de otras consideraciones, cabe decir hoy simplemente que la historia puede contarse desde el lado de las víctimas o de los verdugos.

Pero en la historia de la humanidad se han cometido varios genocidios, usando el término genocidio en sentido sociológico (podrían usarse los conceptos democidio o politicidio igualmente) y no en el jurídico del actual crimen contra la humanidad, mucho más restrictivo. Crímenes que sí se han historizado, que se tratan ya como meros episodios de esa Historia Universal de la infamia sin mayor trascendencia especial. Y se puede hacer con empatía retrospectiva (rückeinfühlung) o no y eso lleva a diferentes comprensiones de los mismos hechos. Quiero resaltar algunos específicamente propios de nuestro país, España, porque es imprescindible para hablar de la aniquilación que sufrió la Masonería española. No son exclusivos, así, ni la expulsión de los judíos en 1492, un hecho desgraciadamente frecuente en la historia europea aunque raro en la llamada Edad Moderna, de la misma manera que tampoco el trato dado a los indígenas de las Indias fue distinto de otras colonizaciones coetáneas o incluso posteriores. Tampoco la conversión forzosa a la que se obliga a todos los musulmanes de las Españas a partir de 1502 (aunque fuera en clara violación de las Capitulaciones para la entrega de Granada de 1.492).

Pero sí hay persecuciones específicas de nuestra historia que conviene resaltar no para echarnos ceniza ni siquiera simbólica sino para recordarnos, para traer tales sucesos a nuestro corazón y quizá comprender mejor nuestra memoria o desmemoria colectiva. La neurosis obsesiva colectiva ( permítase el anacronismo) con los llamados judaizantes llevó a una persecución de siglos sobre un grupo social cuyo único crimen real y no meramente imaginario era ser descendientes de un grupo étnico (religioso, por supuesto) erradicado. Los Estatutos de Sangre llevaban a investigar como conditio sine qua non para el ingreso en la administración y la universidad, entre otros ámbitos sociales, la pureza cristiana vieja de la estirpe hasta los cuatro abuelos y se prolongaron contra un enemigo invisible por ausente hasta bien entrado el siglo XIX. Cientos de años después de la expulsión del último judío, todavía se quemó a personas a las que se acusaba de practicar ritos judaicos en el secreto de sus casas, a cubierto o en la intimidad como podría decirse (37 chuetas mallorquines en 1.691) A diferencia de la memoria de la expulsión oficial de 1492, que se intentó remediar con múltiples leyes de atribución de la nacionalidad española a las comunidades sefarditas y/o de habla ladina desde finales del siglo XIX, el hecho de la persecución obsesiva a los judaizantes, por otro nombre marranos, ha recibido poca atención pública por más que haya significado una neurosis obsesiva colectiva ( si cabe hablar de tales enfermedades mentales en las sociedades) Lo específico es que se reprimía con fuerza inquisitorial cualquier rasgo o perfil diferenciado, exclusivamente en el ámbito privado. El procedimiento inquisitorial genera una duda sobre la sinceridad de las propias declaraciones religiosas que aspira a despejar convirtiéndose en una verdadera policía de la intimidad y del pensamiento como señala uno de los historiadores claves (2). Debe tenerse en cuenta que no se permitió la residencia de personas de religión judía en España hasta 1834 y, de facto, hasta 1.868, con servicios religiosos restringidos hasta 1.968. Recientemente, el publicista Lluis Bassat daba a conocer la historia familiar, de origen judío, y señalaba que su madre “había sido la primera judía en nacer en Barcelona tras la expulsión”, es decir, en el siglo XX. En todos los países de nuestro entorno, incluyendo el Reino de Portugal y los diversos territorios italianos y muy especialmente los Estados Pontificios, existían sin embargo poblaciones hebreas: aquí nuestra excepcionalidad es absoluta o, en otros términos, la España casticista/narcisista representa una originalidad -o aberración, según se mire- absoluta.

Pero quizá la mayor de las barbaries, poca conocida en su dimensión y significado, es la llamada expulsión de los moriscos, que a partir de 1609 y durante varios años supuso la expulsión de unas trescientas mil personas con varias decenas de miles de muertos en el proceso. La expulsión de grupos más o menos sospechosos (como supuestamente serían los moriscos frente al peligro de una invasión otomana) no es un hecho excepcional comparadamente, aunque sí que lo es que se hiciera no obstante su conversión a la concepción hegemónica; el islam estaba prohibido desde 1502. Es decir, se expulsó a comunidades enteras cuya única culpa no era haber conservado cualesquier rasgo antropológico –morisco- que se había intentado erradicar, sino descender de una estirpe condenada, de un linaje o casta impuro. Debe tenerse en cuenta que todos los expulsados eran cristianos oficialmente desde hace varias generaciones y la gran mayoría profesaba sinceramente el cristianismo (3). Los cristianos de origen morisco del Valle de Ricote, en Murcia, habían sido cristianizados hacía más de tres siglos, lo que no les libró sin embargo de la expulsión (4) Un buen ejemplo de la historización del genocidio morisco lo brinda un autor francés, digno representante de la historigrafía, Henry Lapeyre (5). “Desde el punto de vista militar…, la máquina funcionó de un modo eficaz… Muchos altos funcionarios estaban animados de un celo sincero…fueron buenos servidores del Estado… En resumen, la aparatosa burocracia puesta en marcha por Felipe II( ( ejecución por Felipe III)parece habernos dados prueba de su eficacia en el delicado asunto de la expulsión… Llevó a cabo tan brutal operación con una firmeza y una continuidad que le honran. Juzgar la legitimidad u oportunidad de la misma, en nombre de principios extraños a la época, es una empresa vana.” (subrayado nuestro) Con Cristina Stallaert, cabe preguntarse si algún día la distancia histórica, la historización, podrá llevar a los historiadores del futuro a escribir cosas como ésta, tan desprovista de empatía y de marco ético, cuando traten sobre el genocidio judío o el armenio o el de Ruanda.

Era necesario traer a colación lo anterior para examinar someramente el hecho del exterminio, erradicación o aniquilamiento de la Masonería española durante los años del franquismo y su memoria actual. Tenemos que entender que la España Casticista, la que en palabras de Marcelino Menéndez y Pelayo consideraba la Inquisición como “hija del espíritu genuino del pueblo español” y que hacía exclamar a José Blanco White, una vez libre en el extranjero de las garras de la Inquisición que “ …nunca he experimentado mayor placer que la primera vez que saboreé la libertad de pensar” (6), esa ideología, como decía, nunca ha sido erradicada. Nuestro país nunca ha sido sometido a un proceso de descasticización obligatoria, a una cura de saneamiento cultural e ideológico de ciertas señas de identidad como el antijudaísmo (hoy trocado en un antimusulmanismo ígnaro y risible si no fuera por el envilecimiento ético que presupone), la confusión última de estado e iglesia católica y la obsesión por la unidad o, en otros términos, el aborrecimiento de la diferencia. Parece evidente que el proceso de homogeneización religioso e intelectual desarrollado por las autoridades eclesiásticas y la Inquisición (Blanco White, de nuevo y las tesis defendidas por Benzion Netanyahu en Los Orígenes de la Inquisición española) fue lo que podría traducirse como una Gleichschaltung, un proceso de sincronización totalitaria que buscara narcisistamente la aniquilación del Otro.

Cabe preguntarse si el Estado continuador del franquista tiene tanta legitimidad para RECREAR UNA FALSA LOGIA MASÓNICA

Doy por supuesto que el lector sabe cómo se erradicó la Masonería española en tiempos del franquismo y el hecho cierto de que consiguió un éxito total. No faltaron quienes achacaban la lucha entre una España hispano-romana-goda frente a hordas bereberes y columbraban la existencia de un gen rojo(7). No es necesario ni siquiera que se haga aquí un breve resumen. Creo mucho más útil afirmar que ese exterminio, ese democidio de una práctica grupal tan peligrosa como el yoga o el ciclismo, ha sido totalmente historicizado. Cuando bajo el nombre de Centro Documental de la Memoria Histórica, el Archivo Histórico Nacional “recrea” una logia masónica, cabe preguntarse si el Estado continuador del franquista tiene tanta legitimidad para hacerlo como aquel museo que “recreaba” un hombre africano disecado sin ninguna mala conciencia de un pasado colonialista y de un antihumanismo grotesco. Podemos preguntarnos si no revela cierto nivel ético- rasando el cero-las bromas y los comentarios jocundos que sobre la suerte que cupo a la masonería es frecuente oír y escuchar a ciertos comentaristas políticos y religiosos. Sabemos que el mero hecho de ser víctimas no valida ninguna posición y que por ello reconocer la injusticia de la violencia ilegítima y terrible ejercida sobre los masones no confiere ningún plus de veracidad, bondad o belleza a la práctica masónica. Pero podemos interrogarnos si la situación de debilidad endémica del Arte Real no tiene nada que ver con esa ausencia absoluta de memoria, de rememoriación de la injusticia sufrida y si, en definitiva, la desmemoria acarrea un envilecimiento colectivo que dificulta cierta sociabilidad basada en la ética, tan susceptible de ser historizada.

(1)Se inicia en su manifestación más clara con los artículos de un prestigioso y nada sospechoso historiador del fascismo, Ernst Nolte, dando lugar a lo que luego se ha llamado Historikerstreit o disputa de los historiadores.

(2) Leon Poliakov, Historia del antisemitismo, Muchnik Editores

(3) Cuenta Leon Poliakov el caso de un barco de moriscos que desembarca en Argel donde son recibidos por las autoridades locales, quienes les exigen que reciten la profesión de fe musulmana-la shahada-para cerciorarse de que son verdaderos musulmanes. Indignados, muchos de ellos se niegan y proclaman su fe católica apostólica y romana, tras lo cual son ejecutados.

(4) Según recuerda Cristina Stallaert en Ni una gota de sangre impura, Galaxia Gutemberg Círculo de lectores.

(5) Henry Lapeyre, Géographie de l´Espagne morisque, 1.959 S.E.V.P.E.N.

(6) José Blanco White, Cartas de España

(7) El afamado siquiatra Vallejo-Nájera, quizá estimulado por el joseantoniano España: germanos contra bereberes.