La masonería, una reflexión “operativa” sobre el ser del ser-humano, por Javier...

La masonería, una reflexión “operativa” sobre el ser del ser-humano, por Javier Otaola

La masonería, una reflexión “operativa” sobre el ser del ser-humano por Javier Otaola
La masonería de los tres primeros grados, la que los ingleses llaman The Craft, —El Oficio— la que nos invita y nos prepara para asumir y hacernos cargo de ese oficio de esclarecer nuestro ser

La masonería, una reflexión “operativa” sobre el ser del ser-humano.

La masonería especulativa hunde sus raíces en la actividad de la construcción. Todos sabemos cómo a partir de la experiencia práctica del trabajo de pulimiento y ensamblaje de la piedra de cantería para el levantamiento de los grandes edificios civiles y religiosos de la Edad Media surgieron las Hermandades o Guildas de constructores, en una sociedad corporativa y jerarquizada, en un tiempo en que todo conocimiento estaba protegido por el secreto profesional.

Esa experiencia histórica guarda una simpatía simbólica con el ser del ser-humano. Nuestra singular condición existencial es la de un ser que sufre y goza de cierta indeterminación, no es un objeto mostrenco y cerrado, siempre estamos abiertos, somos un “un ser que “hace” y en ese hacer “da de sí”. La masonería de los tres primeros grados, la que los ingleses llaman The Craft, —El Oficio— la que nos invita y nos prepara para asumir y hacernos cargo de ese oficio de esclarecer nuestro ser y llevarlo a un auténtico existir dentro de sus posibilidades, respondiendo para ello a las preguntas radicales, que todos, mujeres y hombres, estamos obligados a hacernos de una manera o de otra a lo largo de nuestra vida: ¿Quién soy? ¿Qué es el mundo para mí y cuál es mi tarea en él? Y ¿Cómo he de afrontar el mal y la muerte?

Todos y todas estamos llamados a la maestría porque el esclarecimiento personal es una vocación universal de todos los seres humanos que se preguntan: ¿Quién soy de verdad? ¿Cuál es mi humanidad?

La metáfora de la Construcción es el “marco” —frame— que nos permite entender el sentido del trabajo masónico en los grados de aprendiz, compañero y maestro. El contacto con el rito y la palabra, el trabajo constante en esos grados hace de nosotros una especie de filósofos de la existencia, y nos obliga a reconocernos en esa apertura constitutiva, muchas veces ocultada y cerrada por las rutinas de la cotidianeidad. Si aceptamos ese reto de buscarnos más allá de las inercias y a prioris podemos llegar a transformarnos en algo que se corresponda más plenamente con nuestra originalidad personal.

Todos y todas estamos llamados a la maestría porque el esclarecimiento personal es una vocación universal de todos los seres humanos que se preguntan: ¿Quién soy de verdad? ¿Cuál es mi humanidad?

Decía, ya en el XIX, el hermano Karl Friedrich Christian Krause, (Eisenberg, 6 de mayo de 1781 – Múnich, 27 de septiembre de 1832) que la ocupación de la masonería es atender a lo que es común a todo ser humano en cuanto que puro y completo Hombre y en eso se distingue de otras formas de reflexión particulares sobre lo humano y de otras tradiciones intelectuales y morales —las religiones positivas o las fraternidades esotéricas— que adoptan una perspectiva que trasciende lo puramente humano.

La masonería —es imprescindible establecerlo— no es un doctrina, no es un “ismo”, aunque los masones y masonas puedan adscribirse a unas doctrina o a otras

La masonería busca al hombre en su pura y desnuda humanidad y se interesa por el hombre y la mujer concretos, trabaja, a su modo, por una sociedad de seres humanos capaces de hacerse a sí mismos. Hacerse significa, en masonería, tomar posesión de sí mismo y asumir con libertad y responsabilidad el propio destino y, en última instancia, aprender a ser mortales. El método masónico se fundamenta en la provocación de un encuentro con los otros para llegar a encontrarse consigo mismo y expresarse en términos de libertad y de autodeterminación. Esa autodeterminación debe evitar como letal la borrachera narcisista del puro subjetivismo y en masonería debe aprender a ser asistida por los otros .

La masonería —es imprescindible establecerlo— no es un doctrina, no es un “ismo”, aunque los masones y masonas puedan adscribirse a unas doctrina o a otras; es más bien una sociabilidad , un método, un camino, en cuanto que, a través del Ritual, se nos proponen interrogantes y pautas, que nos incitan a buscar y nos ayudan a descubrir esa mejor versión de nosotros mismos que nos está esperando como la más auténtica de nuestras posibilidades.

Este método, fruto de la decantación histórica, es lo que convierte a la masonería en una tradición iniciática. Estas pautas son, fundamentalmente, unos ritos, unas disciplinas de conducta y, sobre todo, un lenguaje propio y específico para pensar adecuadamente acerca de nuestra existencia y de nuestro ser, y que recogen experiencia acumulada en la tarea específica del devenir del ser humano . Cuando nos iniciamos en masonería se nos hace, a limine, una pregunta: ¿quién va?, es decir, ¿quién eres?…, y a continuación nada más entrar, en ese momento, como señala José Luis Cobos, se nos hacen dos encargos que van a constituir nuestra tarea principal: constrúyete a ti mismo («pule tu piedra», «lo que tú haces te hace»), y conócete a ti mismo (la famosa fórmula Visita Interiora Terrae Rectificando Inveniens Occultum Lapidem [V. I. T. R. I. O. L.]). Y se nos sugieren algunas condiciones: esto solo puedes lograrlo con el concurso de los demás, aprendiendo a interpretar los símbolos y adoptando una actitud productiva-constructiva.

La tradición iniciática que pretende representar la masonería es el hilo de Ariadna que nos puede orientar en ese laberinto para realizar el viaje hasta el centro de nosotros mismos

El lenguaje en el que hablamos en logia es, no solo pero sí en gran medida simbólico, los ritos son discursos que utilizan imágenes y metáforas, representan un itinerario para adentrarnos en una realidad interior (VITRIOL), que habitualmente no visitamos ya que vivimos alterados por las constantes incitaciones y reclamos del mundo profano, del mundo de lo cotidiano.

Usando de la terminología de Heidegger podemos decir que el modo habitual y primario en que se encuentra el ser humano en el mundo es el de la cotidianidad. Lo que nosotros en masonería llamamos la profanidad. «La cotidianeidad no nos permite guardar ninguna perspectiva sino que nos reclama constantemente y nos bombardea con toda clase de requerimientos y propuestas que no parten de nosotros mismos sino de las necesidades de ese Mundo. Pero todas estas incitaciones y propuestas van encaminadas a enfundarnos en el mundo, a acomodarnos a él, para acoplarnos, para disolvernos en el laberinto del mundo». La masonería no nos saca del mundo, pero nos ayuda a construir un espacio propio en el que nos podamos distanciar de él para mirarlo con una perspectiva que pueda ser propia y, a la postre, esclarecedora.

La tradición iniciática que pretende representar la masonería es el hilo de Ariadna que nos puede orientar en ese laberinto para realizar el viaje hasta el centro de nosotros mismos, donde nos podemos encontrar con nuestro ser .

La masonería quiere preparar para cada uno de sus miembros una experiencia existencial, que podemos llamar filosófica en un sentido lato, que nos permita tomar distancia del mundo profano, “desfamiliarizarnos” de los a priori de lo cotidiano para encontrarnos con ese fondo original que nos es más propio y que así podamos llegar a construir/relatar/vivir nuestro ser de la manera más libre y consciente.

En definitiva, la masonería tiene sentido y mantiene su vigencia, a pesar de sus muchas fallas e insuficiencias, en la medida que ofrece una vía de acceso a la ontología del ser humano, —mujeres y hombres—acompañada pero libre, intuitiva pero no mágica sino racional, accesible y sin embargo íntima y discreta, personalista pero comprometida socialmente. La masonería es metáfora de una arquitectura humana abierta y por ello fiel al pensar que nos constituye como seres humanos.