Filósofos y Quijotes, por Javier Otaola.

Filósofos y Quijotes, por Javier Otaola.

Filósofos y Quijotes, Alonso Quijano y Masonería.
Don Quijote es la expresión de ese contraste y de esa disonancia.

Filósofos y Quijotes, por Javier Otaola.

Lo que tú haces te hace.

La masonería especulativa hunde sus raíces en la actividad de la construcción. Todos sabemos cómo a partir de la experiencia práctica del trabajo de pulimento y ensamblaje de la piedra de cantería para el levantamiento de los grandes edificios civiles y religiosos de la Edad Media surgieron las hermandades o Guildas de constructores, en una sociedad corporativa y jerarquizada, en un tiempo en que todo conocimiento estaba protegido por el secreto profesional y por el sentido de la responsabilidad personal.

Toda actividad es reveladora de la singular condición existencial del ser humano, que viene definido como “homo faber”, un ser que “hace”, y que de alguna manera se hace en ese hacer de las cosas. La actividad constructiva particularmente está especialmente dotada de una fuerza metafórica que explica muy bien la condición del ser humano, su búsqueda de sentido, su penoso aprendizaje del ser, su necesidad de compañeros y maestros, su anhelo de fraternidad.

Es precisamente la masonería de los tres primeros grados, la que los ingleses llaman The Craft, —El Oficio— la que nos invita y nos prepara para asumir y hacernos cargo de ese oficio de existir, respondiendo para ello a las preguntas radicales, que todos, mujeres y hombres, estamos obligados a hacernos de una manera o de otra a lo largo de nuestra vida: ¿Quién soy? ¿Qué es el mundo para mí y cuál es mi tarea en él? Y ¿Cómo he de afrontar el mal y la muerte?

La metáfora de la Construcción es el “marco” —frame— que nos permite entender el sentido del trabajo masónico en los grados de aprendiz, compañero y maestro. El trabajo constante en esos grados hace de nosotros una especie de filósofos de la existencia, y nos permite tomar posesión de nosotros mismos, de nuestro tiempo existencial, de tal modo que podamos escoger de entre nuestras posibilidades, muchas o pocas, aquellas que mejor se corresponden con nuestra originalidad individual.

Todos y todas estamos llamados a la maestría porque el esclarecimiento personal es una vocación universal de todos los seres humanos que se preguntan: ¿Quién soy y qué será de mí? Pero a partir de esa cuestión nuestro itinerario existencial no se detiene sino que nos plantea nuevas y más peliagudas cuestiones.

El método masónico: la metáfora de la construcción.

Decía, ya en el XIX, el hermano Karl Friedrich Christian Krause, (Eisenberg, 6 de mayo de 1781 – Múnich, 27 de septiembre de 1832) que la ocupación de la masonería es atender a lo que es común a todo ser humano en cuanto que puro y completo Hombre y en eso se distingue de otras formas de reflexión particulares sobre lo humano y de otras tradiciones intelectuales y morales —las religiones positivas o las fraternidades esotéricas— que adoptan una perspectiva que trasciende lo puramente humano.

La masonería busca al hombre en su pura y desnuda humanidad y se interesa por el hombre y la mujer concretos, trabaja, a su modo, por una sociedad de seres humanos capaces de hacerse a sí mismos. Hacerse significa, en masonería, tomar posesión de sí mismo y asumir con libertad y responsabilidad el propio destino y, en última instancia, aprender a ser mortales. El método masónico se fundamenta en la provocación de un encuentro con los otros para llegar a encontrarse consigo mismo y expresarse en términos de libertad y de autodeterminación. Esa autodeterminación debe evitar como letal la borrachera narcisista del puro subjetivismo y en masonería debe aprender a ser asistida por los otros , como uno de los personajes de La Montaña Mágica de Thomas Mann denominaba, y de ese modo permanecer abierta a «la piedad» o al asombro ante el misterio del mundo y de la existencia.

La masonería —es imprescindible establecerlo claramente— no es un doctrina; es sociabilidad , un método, un camino, en cuanto que, a través del Ritual, se nos proponen interrogantes y pautas, que nos incitan a buscar y nos ayudan a descubrir esa mejor versión de nosotros mismos que nos está esperando como una posibilidad entre otras.

Este método, fruto de la decantación histórica, es lo que convierte a la masonería en una tradición iniciática. Estas pautas son, fundamentalmente, unos ritos, unas disciplinas de conducta y, sobre todo, un lenguaje propio y específico para pensar adecuadamente acerca de nuestra existencia y de nuestro ser, y que recogen experiencia acumulada en la tarea específica del devenir del ser humano . Cuando nos iniciamos en masonería se nos hace, a limine, una pregunta: ¿quién va?, es decir, ¿quién eres?…, y a continuación nada más entrar, en ese momento, como señala José Luis Cobos, se nos hacen dos encargos que van a constituir nuestra tarea principal: constrúyete a ti mismo («pule tu piedra», «lo que tú haces te hace»), y conócete a ti mismo (la famosa fórmula Visita Interiora Terrae Rectificando Inveniens Occultum Lapidem [V. I. T. R. I. O. L.]). Y se nos sugieren algunas condiciones: esto solo puedes lograrlo con el concurso de los demás, aprendiendo a interpretar los símbolos y adoptando una actitud productiva-constructiva.

El lenguaje en el que hablamos en logia es en gran medida simbólico. Sus ritos son discursos que utilizan imágenes y metáforas que representan un itinerario para adentrarnos en una realidad interior (VITRIOL), que habitualmente no visitamos ya que vivimos alterados por las constantes incitaciones y reclamos del mundo profano, del mundo de lo cotidiano.

Siguiendo a Heidegger podemos decir que el modo habitual y primario en que se encuentra el ser humano en el mundo es el de la cotidianidad. Lo que nosotros en masonería llamamos la profanidad. «La cotidianeidad no nos permite guardar ninguna perspectiva sino que nos reclama constantemente y nos bombardea con toda clase de requerimientos y propuestas que no parten de nosotros mismos sino de las necesidades de ese Mundo. Pero todas estas incitaciones y propuestas van encaminadas a enfundarnos en el mundo, a acomodarnos a él, para acoplarnos, para disolvernos en el laberinto del mundo». La masonería no nos saca del mundo, pero nos ayuda a construir un espacio propio en el que nos podamos distanciar de él para mirarlo con una perspectiva que pueda ser propia y, a la postre, esclarecedora.

La tradición iniciática que pretende representar la masonería es el hilo de Ariadna que nos puede orientar en ese laberinto para realizar el viaje hasta el centro de nosotros mismos, donde nos podemos encontrar con nuestro ser .

La masonería quiere preparar para cada uno de sus miembros una experiencia existencial, que podemos llamar filosófica en un sentido lato, que nos permita tomar distancia del mundo profano, “desfamiliarizarnos” de los a priori de lo cotidiano para encontrarnos con ese fondo original que nos es más propio y que así podamos llegar a construir nuestro ser de la manera más libre y consciente.

Así, para el masón, la vida es una construcción en un escenario en el que asume un doble trabajo edificativo: por una parte, una construcción interna, ¿quién soy yo

y qué será de mí?, por otra parte, una construcción externa, ¿qué es el mundo y cuál es mi tarea en él?

Para el trabajo de construcción interna se parte de un principio fundamental de la tradición gremial: lo que

tú haces te hace, que viene a completar el otro principio de la tradición iniciática: conócete a ti mismo. De estos dos principios se deriva toda una declaración ontológica que podríamos resumir con palabras de José Luis Cobos así: progresa-conociéndote (progresar es conocerse), trabaja-produciendo (uno se conoce trabajando y trabajar no es solo ocuparse, es rendir un producto).

«Para el trabajo de construcción externa, el masón parte también de una evidencia que le demuestra cotidianamente su quehacer profesional: la coordinación de los esfuerzos para el fin productivo común. La sociedad es pues una suma de aportes. Esto obliga a convenir, pactar, mediar, entenderse…, en definitiva civilizarse. La dinámica del pillaje, del botín, del aprovechamiento del producto del otro o el abuso de la naturaleza no es admisible, desde esta perspectiva» .

Hay que decir que ese fin productivo común no es otro que la posibilidad —no siempre lograda— de que la logia sea un espacio de reflexión ética. Este es el máximo objetivo al que puede aspirar una logia y el mejor ejemplo de sociabilidad que pueda experimentar un masón. Que ese propósito se malogre con frecuencia no lo hace menos apetecible.

En definitiva, la masonería tiene sentido y mantiene permanentemente su vigencia en la medida que ofrece una vía de acceso, acompañada pero libre, intuitiva pero “racionalizable” a la arquitectura ontológica del ser humano que ha sido, es y seguirá siendo la misma, mientras sea en efecto un ser humano.

El ser humano como ser político: ¿cómo gestionar el conflicto y la confrontación?

Si algo distingue al animal humano del resto de los animales es su carácter político; la necesidad en que está de ejercer la libertad, la capacidad que sólo él tiene de darle forma, figura, identidad, a la socialidad de su vida, esto es, al conjunto de relaciones sociales de convivencia que lo constituyen como sujeto comunitario.

Política hace referencia a polis, ciudadanía, orden social, voluntad, intereses, conflicto, a la postre poder. Nuestra introspección buscando la originalidad de nuestro ser, el esfuerzo de construir un proyecto personal que saque de nosotros nuestra mejor versión corre el peligro de hacernos olvidar en un momento determinado que nuestro ser individual está transido de condicionantes y apoyaturas sociales, nuestra libertad misma es una libertad asistida, el cuidado de nuestro yo personal no debe hacernos olvidar —tendría graves consecuencias— nuestra condición de “nosotros”, y es en este punto en el que nos coloca nuestro itinerario masónico. Una vez que hemos realizado ese trabajo de construcción interior nos lanza a los caminos del mundo y nos muestra un escenario humano atravesado por conflictos y confrontaciones.

El famoso fragmento 53 de los fragmentos de Heráclito dio lugar a en el XIX y el XX a una reflexión filosófica y política que está en la raíz se las grandes ideologías totalitarias del siglo XX : el marxismo-leninismo por un lado con su elección de la “lucha de clases” como motor de la historia, y de otro lado el fascismo y el nacional-socialismo con su exaltación belicista de la “voluntad de poder” no ya referida solo a los individuos sino más específicamente a las naciones.

“La guerra es el origen de todo.” (fragmento 53)

πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι

Pólemos pántōn mèn patḗr esti

“La guerra es el padre de todo”. Heráclito

El texto completo de este famoso pasaje de Heràclito es: πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι, πάντων δὲ βασιλεύς, καὶ τοὺς μὲν θεοὺς ἔδειξε τοὺς δὲ ἀνθρώπους, τοὺς μὲν δούλους ἐποίησε τοὺς δὲ ἐλευθέρους. “La guerra es el padre de todo, el rey de todo; hizo a unos dioses y a otros hombres; a unos hizo esclavos y a otros libres”.

Heidegger traduce el término griego Polemós no como Guerra sino como confrontación—Auseinandersetzung— aquello que nos hace frente, aquellas realidades que se colocan frente a frente oponiéndose nuestro ser se yergue y establece frente a lo que nos confronta y resiste.

En este contexto “confrontar” es tanto luchar como “dar cuenta del sentido de las cosas”, argüir… , de alguna manera “confrontar” es a la vez LOGOS —palabra, argumento—y POLEMOS, —conflicto—de ahí viene polemizar.

El Quijotismo como forma “escarmentada” del ideal caballeresco.

Podemos interpretar el simbolismo de los tres primeros grados en el marco hermenéutico de la “construcción”, y los grados llamados filosóficos o altos grados en un marco interpretativo que se asocia a al ideal caballeresco: honor personal y lucha por la justicia.

En nuestra tradición hispana tenemos un ejemplo literario magno que aborda de una manera propia esta cuestión, mediante una ironía que sin embargo no impide la admiración y que ha dado lugar a un neologismo: quijotismo.

¿Qué tipo de espíritu caballeresco viene a representar el quijotismo?

“En la búsqueda de lo esencial del quijotismo, un hecho se destaca: la contradicción entre el mundo y el hombre. Don Quijote es la expresión de ese contraste y de esa disonancia: el mundo y el hombre en desacuerdo fundamental. Don Quijote vive, ve, palpa, un mundo que no es el mundo real.”…/…Lo burlesco de la sátira con que inicia Cervantes el Quijote, el arma buida del ridículo, se trueca poco a poco en veracidad sentida. Y el enloquecido hidalgo Alonso Quijano, cuyo seso alteran los libros de caballería, se convierte en auténtico caballero andante, en militante apasionado de un ideal ético, aunque no sean celada de encaje, ni morrión fino ni yelmo ni coraza verdaderos las que lleva don Quijote de la Mancha, ni el lanzón sea lanzón, ni adarga la adarga. ( El «Quijote» en América. El quijotismo como actitud. Por Leopoldo Benítez Vinueza[1]

Son muchos los héroes literarios y míticos que encarnan el drama de la “lucha” del ser humano por la luz y la justicia, del hombre descontento del mundo que le rodea: Prometeo y don Quijote, Hamlet y Fausto, y cada uno de ellos aporta un matiz propio en la “escala ética del descontento”, la literatura, el cine siguen creando y recreando grandes relatos que nos confrontan con la permanente cuestión: ¿de qué lado lucha mi modesta espada?

El método masónico nos confronta en los altos grados con la naturaleza conflictiva de las relaciones humanas, algo que ya se nos muestra en la Leyenda de Hiram: cómo la violencia amenaza siempre a la virtud. Ese crimen fundacional, esa injusticia padecida por Hiram nos obliga a reflexionar sobre cómo hacer frente a ese lado oscuro, con el doble reto de vencerlo sin permitir que la lucha llegue a oscurecer nuestro propio corazón y el precio de la victoria sea paradójicamente la muerte de nuestros ideales.

El Quijote encarna ese símbolo ético, expresión del drama de la existencia humana aportando una fórmula narrativa radicalmente original: la ironía y la comicidad. Quijote es un héroe cómico que esconde la profundidad ética de Quijano “El Bueno”.

Ideal caballeresco y cultura popular a finales del siglo XX.

 El ideal caballeresco no ha dejado de reproducirse de una manera o de otra desde las Leyendas artúricas hasta la saga de la Guerra de las Galaxias pasando por el mundo neomedieval de Tolkien en El Señor de los Anillos.

La obra de John R. Tolkien, —CBE (Bloemfontein, hoy Sudáfrica; 3 de enero de 1892 – Bournemouth, Dorset, 2 de septiembre de 1973)— “The Lord of the Rings” fue votada “Book of the Century” masivamente en 1997 en una encuesta promovida por la red de librerías Waterstones, se estima que de esa obra se han vendido hasta ahora entre 150.000.000 y 200.000.000 de ejemplares.

El Señor de los Anillos crea una vasta mitología a la que cualquiera que sea el valor literario que le otorguemos debemos reconocer que respira una singular grandeza ética que gira, en definitiva sobre la cuestión clave que nos propone el REAA ¿Cómo luchar contra las fuerzas oscuras sin ser seducido por ellas?

Star Wars, también conocida en español como La guerra de las galaxias —literalmente significa «guerras estelares» o «guerras de las estrellas»— es una franquicia de medios estadounidense bajo el concepto de la opereta espacial épica, concebida por el guionista, director y productor de cine George Lucas. De nuevo aquí aparece Polemos, el conflicto, la lucha entre el bien y el mal, en este caso trasladado a nivel de las mismas estrellas.

Nuestra cultura se siguen gestando y proponiendo grandes relatos, porque es propio de la condición humana comprenderse a sí misma a través de narraciones que presenten y condensen las opciones fundamentales que hemos de afrontar en un momento u otro de la vida; es fácil comprender que a través de la glorificación de determinados personajes narrativos y de sus gestas se llega a transmitir un código ético que queda asociado a ellos en la memoria afectiva de una determinada cultura o generación.

Quiero llamaros la atención sobre la propuesta ética que hace George Lucas y sus guionistas en la Guerra de las Galaxias, a saber:

El Código Yedai

El Código Yedai es una sucesión de ideas básicas que un Yedai debe aprender y comprender. Contienen la información necesaria de toda la Orden Yedai y por consiguiente el camino al Lado luminoso de La Fuerza.[2]

No hay emoción, hay paz.

No hay ignorancia, hay conocimiento.

No hay pasión, hay serenidad.

No hay caos, hay armonía.

No hay muerte, está La Fuerza.

La Fuerza es creada y mantenida por la vida.

El Yedai actúa para preservar la vida, matar es malo.

Un Yedai sólo matará en defensa propia o en defensa de otros.

Un Yedai no ansía riquezas, no ansía aventuras, ni emociones, ni poder. Si debe obtenerlos para lograr sus objetivos, lo hará, pero renunciará a ellos una vez logrado su objetivo.

Un Yedai no ansía cosas en beneficio propio, sino para ganar conocimientos y preservar la vida y la libertad.

Un Yedai nunca actúa movido por el odio, la ira o la agresión, que son el camino al Lado Oscuro.

 

 

Javier Otaola

[1] Casa de la Cultura Ecuatoriana, Revista 5, Editorial Casa de la Cultura, Quito, 1947, págs. 75-116.

[2] Esta versión del Código ha aparecido de manera oficial en el videojuego Star Wars que se titula: Caballeros de la Antigua República.