Estudio sobre el concepto de El Mal en la historia del pensamiento.

Estudio sobre el concepto de El Mal en la historia del pensamiento.

Respetable Logia de Estudios Theorema. GLSE.
Respetable Logia de Estudios Theorema. GLSE.

ESTUDIO SOBRE EL CONCEPTO DE EL MAL EN LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO,

COMO EPÍTOME DE LA CUESTIÓN LIBERTAD EN EL CONFLICTO DE LA CONDICIÓN HUMANA

 

Pensando durante los últimos meses sobre la elaboración de esta plancha en la que debíamos de reflexionar en torno a la cuestión de la Condición Humana, me encontré con un estudio sobre Creación Literaria —materia de la que imparto clases en un Máster en la Universidad­— en el que su autor, el gran Yves Lavandier, al estudiar la Poética de Aristóteles nos dice que toda dramaturgia “imita la vida de los seres humanos” y que es esa la fórmula de su éxito.

O sea, todos los procesos que estructuran un relato no son exitosos por trucos del autor sino porque son fiel reflejo de lo que pasa en nuestras vidas. Y lo que pasa en nuestras vidas según Aristóteles y Balandier es que nacemos en un “estado de impotencia y dependencia”, y, después, vivimos “una impresionante sucesión de conflictos y de sentimientos negativos”, siendo los más importantes el de “la ansiedad y la frustración, ligados, precisamente a la conciencia de nuestra impotencia”. En resumen, el ser humano “vive una sucesión de conflictos regidos por relaciones de causa-efecto, siendo la más importante la secuencia nacimiento-vida-muerte”.

Si lo pensamos bien, es terrible que el ser humano viva en permanente conflicto y no pueda sustraerse a ese fatum. El conflicto, en este entorno, se definiría como el deseo que posee un personaje de alcanzar un objetivo y la tensión que se produce en el intento de alcanzarlo (a causa de los obstáculos que se encuentre para conseguirlo) o de mantenerlo. Las acciones primeras de un hombre tienen por objetivo evitar el hambre, el frío y el dolor físico o mental; en todas las edades se desea evitar eso y sentirse querido por los otros en el seno social.

Siempre y en todas las épocas se desea vivir (por eso la muerte es un elemento tan usado en el desarrollo narrativo). Por época, además, los niños viven todo tipo de conflictos: miedo, frustración, desprecio, culpa, angustia ante la posibilidad de ser abandonado, antagonistas edípicos, rivalidades entre hermanos, dificultad de integración, etc. La adolescencia aumenta la angustia por la pertenencia e inclusión, el miedo al futuro, la aceptación por el otro y por el sexo opuesto, la necesidad de dominio económico, el deseo de construir un hueco en el espacio social.

La madurez desea (más allá de los deseos básicos de supervivencia mínimos) posición, estatus, dominio económico, realización de tareas y sueños, construcción familiar y social. La vejez desea lo sustancial de todo lo anterior y quedar, dejar huella, pero el sobrevivir se sabe imposible, una batalla a perder, y la angustia puede ser mayor. La vida del hombre es una sucesión de pruebas y no hay un solo segundo en el que no viva en un conflicto. Esta es la esencia de lo que damos en llamar su Condición Humana.

            Paul Ricoeur dice que el conflicto en el ser humano hace de él mismo un ser constitutivamente lábil, frágil, falible. Y que es de aquí de donde parte “la posibilidad del mal moral”. De esta reflexión fue de donde surgió mi idea de hacer un estudio sobre El Mal como un aspecto de la Condición Humana. Supuse que en esta Tenida veríamos distintas perspectivas y esta quiere ser mi aportación. Porque para Ricoeur los primeros tabúes del mal: la mancha, el pecado, la culpabilidad, representan la asunción de este vivir-en-conflicto-inevitable. El pecado original sería asumir que todo ser humano va a tener que vivir en un continuo deseo de alcanzar objetivos, en un continuo conflicto que, no obstante cualquier esfuerzo, va a culminar en batalla perdida, la muerte.

            Si reflexionamos sobre el problema de la posibilidad del mal inducido por los contextos sociales, políticos y económicos históricamente determinados, podríamos considerar que el mal no es una limitación intrínseca de las criaturas ni el producto de su libre albedrío.

            En este sentido ya desde Espinosa podemos ver que aparece la consideración de que si la raíz del mal fuera la ignorancia, y su producto la superstición, que produce dependencia y sufrimiento basado en el miedo, ella sería de utilidad para los poderes políticos despóticos para conseguir que los hombres “combatan por su servidumbre, como si se tratara de su salvación”. Mantener a los hombres en un estado de perpetuo temor que facilita su dominación y obediencia. Para Spinoza la salvación está en aumentar el conocimiento para desarrollar virtudes activas que se puedan oponer a la opresión.

            Los Ilustrados del siglo XVIII consideran una línea muy similar: la fuente de los males morales reside en la ignorancia, la credulidad, las opiniones falsas, la ceguera y la perversión de nuestros objetivos, las costumbres y las instituciones depravadas. Son según el filósofo y enciclopedista franco alemán Paul Henri Thiry, barón de Holbach, la religión, el gobierno, la educación y los ejemplos quienes empujan al hombre hacia el mal. “El hombre”, dice Holbach, “no ha nacido malo, la fuente principal de sus males son las ideas falsas que se hace acerca de la felicidad”. La imaginación da origen al mal y la autoridad de las instituciones (religiones, gobiernos, educación, opiniones) lo conserva y lo aumenta.

            Para otro enciclopedista, Claude-Adrien Helvétius, el hombre es el resultado del orden social, y sus males tienen por causa la ignorancia y el interés.

            También el enciclopedista Jean Meslier culpa a las religiones que crean errores, ilusiones e imposturas y que son utilizadas por los políticos para imponer su tiranía.

            Por supuesto, entre los enciclopedistas, no podemos olvidar a Voltaire que culpa también del mal a la falta de comunicación y respeto, es decir a la falta de tolerancia entre los hombres. Pero esto le ofrece un punto de optimismo pues se plantea que si el hombre es el autor de sus males (y no ninguna otra fuerza esotérica) es también el único que puede remediarlos mediante la educación y la tolerancia

            Como vamos contemplando, tanto para Espinoza como para los enciclopedistas, la Condición humana está determinada por el entorno y los intereses. También Rousseau en sus Discursos elabora una teoría sobre los males humanos que relaciona directamente con la sociedad, tanto en sus aspectos económicos como políticos. Para él, la primera fuente del mal es la desigualdad, y trabaja para averiguar de dónde procede. “El hombre”, dice Rousseau, “se ha hecho malo al mismo tiempo que se ha hecho social y ha iniciado un deambular histórico”.

“El mal no reside en la naturaleza humana sino en las estructuras sociales”. Y el origen de todos los males humanos parte de la aceptación social de la propiedad privada, a la que ataca con su famoso epígrafe de la fundación de la sociedad civil, que dice: “El primer hombre a quien, al cercar un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastantes simples como para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil”. En esta ecuación es requisito indispensable la existencia del hombre simple e ignorante que no supo o no fue capaz de enfrentarse. El estado de sociedad surge como resultado de la aceptación por los más de la propiedad que usurparon los menos.

            Kant, por su parte, se aleja de los postulados anteriores en cierto sentido deterministas para postular posiciones liberales. Kant sitúa la propensión al mal de la naturaleza humana en su libertad de decidir: fragilidad ante el cumplimiento de las normas adoptadas; impureza de las decisiones al mezclar los móviles inmorales con los morales y en cierta inclinación a adoptar máximas malas. O sea, para él: el hombre es consciente de la ley moral y, a pesar de ella, ha tomado como máxima suya el apartarse (no siempre pero sí ocasionalmente) de ella.

            La posición de Hegel es muy bella y mediadora: propone que hay que intentar comprender el mal moral. La razón debe llegar a comprender el mal. Y en este sentido se convierte en optimista pues cree que la Razón en mayúsculas vencerá batalla a batalla hasta una última batalla en la que, por fin, se imponga globalmente. Es la llamada Teodicea: cuando acabemos con la ignorancia que nos ha llevado a crear dioses.

            Marx, por supuesto, encuentra que el origen de los males humanos habita en la sociedad y, especialmente, en el capitalismo. La libertad se ve socavada y mediatizada por las desigualdades económicas. Para él todos los males tienen su origen en la propiedad privada que separa al productor del producto de su trabajo. Así se aliena la vida. La miseria, el embrutecimiento, la ignorancia, la enfermedad, en una palabra, todos los males morales y físicos, tenían su origen en las injustas condiciones sociales.

            Uno de los crítico más lúcido del optimismo e idealismo socialista fue Freud, que en su obra El malestar de la cultura sitúa las raíces de los males humanos a un nivel más profundo que el económico, aunque relacionado aún con el hombre en sociedad. El hombre, como hemos dicho al principio, es víctima de permanentes conflictos, que Freud resume en tres:

  1. Liberarse del sufrimiento que le aporta su propio cuerpo;
  2. Liberarse del sufrimiento que le aporta el mundo; y
  3. Liberarse del sufrimiento que le aportan los demás.

Para conseguirlo utiliza distintos medios:

  1. Intenta la satisfacción ilimitada de todas las necesidades;
  2. busca el aislamiento;
  3. la transformación técnica de la naturaleza;
  4. la intoxicación;
  5. la moderación de las pasiones; la reorientación de los fines instintivos y su sublimación;
  6. las ilusiones;
  7. el arte, la cultura, etc.

8 Sin olvidar la fuga en las neurosis y la psicosis.

            Sin embargo, estos medios son difíciles de llevar a cabo por una cierta necesidad de vivir en sociedad, el hecho de ser un ser cultural y no sólo natural. Esto le exige la renuncia a la satisfacción de los instintos y su sublimación, dando lugar a la inevitable frustración cultural inherente a nuestra vida en sociedad, y que es la causa de la hostilidad que toda cultura afronta por parte de quienes están sometidos.

            Por otra parte, según Freud, los instintos agresivos del yo también se oponen a la vida en sociedad y deben ser controlados para permitir ésta. La sociedad controla al individuo originando en él el sentimiento de culpabilidad, ligado al super-yo, que introyecta la agresividad y la dirige hacia el propio sujeto a través de la conciencia moral. El proceso, para Freud es el siguiente: primero se renuncia a los instintos por miedo a la agresión de la autoridad exterior; y luego se instaura la autoridad interior de la conciencia moral, que mantiene controlado los instintos mediante el sentimiento de culpa.

            Nietzsche también reconoce el origen social del mal y llega a la conclusión de que la aristocracia acuñó la noción de “bueno”, que quedó vinculada a sus posiciones racionales, poderosas y superiores, uniéndola a las de poder, fuerza y voluntad.

            Tras estos análisis, Foucault modifica el concepto moral de culpa por el de responsabilidad y sigue culpando a las instituciones sociales por crear manicomios, cárceles, fábrica, hospital, escuela con esos principios.

      También ha habido a lo largo de la Historia un posicionamiento activo. Provocar el mal como signo de afirmación del carácter creador del hombre que se opone a Dios y a las instituciones en tanto que representantes de “el bien”. Esta ha sido la posición de Sade, Bataille y Klosowski, que afirman el mal liberando aquello que como anomalía es reprimido por el bien que constituye la norma y la garantía de la ley. La pretensión de Sade, por ejemplo, consiste en establecer una “praxis del sacrilegio” capaz de destruir la civilización occidental mediante una inversión de sus valores llevada a cabo con la mismo arma de sus enemigos de la cultura burguesa cristiana occidental: la razón instrumental.

            Influidos por ellos, un grupo de poetas crearon en torno a la figura de Blake la “Escuela Satánica” en la que estaban Byron, Shelley e incluso Keats. Despegándose de la figura de Dios, se adscribían al movimiento antropocéntrico al considerar al hombre como al auténtico ser creador debido a su capacidad imaginativa y a su genio poético. Se postularon como los abanderados de una Humanidad que desafía a los dioses.

            Luego Baudelaire y Dostoyevski se suman a las ideas del movimiento rechanzando, el primero, el geocentrismo cristiano, y afirmando su humanidad y su libertad frente a Dios, el segundo, por medio de la defensa del suicidio. “Me mato”, dice un personaje de Dostoyevski, “para probar mi insumisión y mi nueva y terrible libertad”.

            Por último, en este repaso a las posiciones a favor del mal, nos encontramos con algunos pensadores que también aceptan la transgresión como principio. Bataille parte de la hipótesis de que las sociedades producen más energía de la que necesitan para su reproducción simple y deben, por tanto, consumir el excedente en un gesto improductivo. Dicho consumo improductivo transgresor está institucionalizado en la fiesta y la religión donde se invierten los valores de la vida cotidiana y se suspenden las prohibiciones (aunque de forma controlada y limitada).

El escritor francés, Pierre Klossowski, intenta crear un juego perverso cuyo fin último es la construcción de una antiteología que subvierta el orden divino. Estos autores, reafirman su voluntad de libertad afirmando la muerte de Dios, la destrucción del mundo, la disolución de la persona, la desintegración de los cuerpos y el cambio de función del lenguaje que ya sólo expresa intensidades.

            Concluyo, pues, que el intento de concebir el mal como un principio positivo mediante la mera inversión transgresora de la tradición clásica llega a un callejón sin salida por permanecer sometida al orden que invierte y que al ser transgredido confirma, en cierto sentido, su validez.

            Como se ve, la cuestión de El Mal, es en el fondo la cuestión de la Libertad, qué hacer con nuestras decisiones. El primer grupo ha considerado que la libertad proviene de la formación que otorga la sociedad, el segundo, ha intentado superarla (intento valioso, desde mi punto de vista). La condición humana se ve lastrada por las necesidades, por la obligación de tomar decisiones, por su capacidad de hacer el bien y el mal, y se siente víctima de su cultura que establece los principios morales. Para mí sigue siendo básico el principio socrático y cristiano de responsabilidad.

Sócrates con su idea de que nadie es malo sino desconocedor de qué sea el bien o el mal (lo que responsabiliza a la cultura que le enseña –o no-), reforzado por la última frase del Cristo: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”, es para mí la medida de nuestra tolerancia: el mal se realiza, el hombre vive en permanente conflicto de subsistencia, pero todas sus acciones son perdonables.