Entre masones …

Entre masones …

El Querido Hermano Amando Hurtado
El Querido Hermano Amando Hurtado

Me parece esencial el propósito fundacional de nuestra Orden, tan a menudo manipulado y tergiversado desde 1717: la Masonería nació con la vocación de ser “centro de unión” de lo disperso; unión no sólo de ideas, sino, ante todo, de voluntades y sentimientos humanos. Y creo que cada siglo, cada tiempo, es un hito importante en el camino hacia la concienciación global que la humanidad lleva milenios recorriendo. Paradójicamente, la sangre, el sudor y las lágrimas de cientos y cientos de generaciones, que jalonan nuestro avance en el conocimiento del mundo, forman parte de un proceso que los masones deseamos y buscamos que culmine en integración, contra cualquier otro pronóstico posible. Para ello, lo que en esencia nos propone la Masonería es aprender a mirar juntos. Decía nuestro Hermano Antoine de Saint Exupéry que amar es mirar juntos en la misma dirección…

Creo que para poder llegar a ver el mundo con “nuevos ojos”, primeramente habremos de comprender que cuanto contemplamos se refleja en cada uno de nosotros con una apariencia adaptada a nuestros limitados sentidos y que nuestra observación, condicionada por esa limitación, es tambien capaz de alterar lo observado. Pero en todo lo que creemos percibir como “real” subyace un hilo conductor que relaciona todas las cosas entre sí, apuntando hacia una fuente cósmica común. Cuanto existe es manifestación de un Todo o Ser universal. El Todo es una plenitud inaccesible al Hombre, por cuanto nuestra misma humanidad es sólo un fractal cósmico.

Sin embargo, en virtud de esa identidad fractal, somos todos depositarios de mucho más de lo que aprendemos convencionalmente. El aprendizaje racional – distinguiendo analogías, relacionando y ordenando nuestras percepciones – es un ejercicio que moviliza ese depósito subyacente de conocimiento potencial mediante avances anagógicos que solemos designar como “intuitivos”. Hoy sabemos que en nuestro ADN se halla depositado el luengo historial de un proceso evolutivo inconcluso que se agita gradualmente, en cada individuo y de forma esporádica, tanto en la nuestra como en las restantes especies animales, a lo largo de un camino que algunos consideran diseñado de antemano y otros suponen que se va diseñando a sí mismo con arreglo a pautas universales. Hasta ahora sólo nos es posible adentrarnos en ese trazado universal matemáticamente; es decir apelando a la simbología de la geometría-matemática mediante la que se expresa la ciencia.

Por ello, hemos de aprender a relacionar las cosas en el plano racional, estableciendo secuencias de analogías que nos permitan llegar a estimular nuestra intuición. El entrenamiento asiduo de la mente en esa forma de trabajo adentra y conciencia a los hombres en un plano psíquico, desde el que será posible acceder a lo que convenimos en llamar “plano espiritual”, trascendiendo así el estrecho límite de lo aparente. Y ésa es la meta del trabajo constructor de pensamiento que considero que hay que llevar a cabo en las logias para completarlo fuera de ellas personalmente, con ejemplaridad, tratando de contribuir con ello al progreso humano. Tal sería la “consigna” iniciática común a todos los masones, matizada por la concienciación individualmente alcanzada.

Todo esto nos lleva tambien a reflexionar sobre la importancia de los diversos paradigmas culturales en que se han enmarcado y se podrían enmarcar las sucesivas civilizaciones. La Masonería andersoniana surgió en el siglo XVIII como movimiento vocacionalmente adogmático, apostando por un futuro mejor para la humanidad desde las coordenadas de su espacio y de su tiempo. Espacio y tiempo, por otra parte, nada ajenos a dogmatismos culturales y a tabúes históricos aún difícilmente eludibles en el Siglo de la luces. Lo que se hizo entonces fue avanzar en la socialización del análisis crítico que, latente durante los siglos del medievo, había eclosionado como fuerza impulsora del Renacimiento, de la Reforma y de la laicización de la investigación científica. Apelar definitivamente al simbolismo, como método de exposición conceptual libre, permitiría desligar a las ideas de la esclavitud de las palabras, devolviendo a los símbolos su valor como expresiones vectoras de experiencias y conocimientos humanos que trascienden las fijaciones dogmáticas tan diversamente administradas a través del tiempo.

En esencia, el simbolismo universal ha tenido siempre como temas referenciales ciertas constantes de la psique humana: la muerte, la fertilidad, eros, las fuerzas de la naturaleza, los dioses… Esos referentes han contribuído, a lo largo de la Historia, a configurar diversos paradigmas sociales en función de las convicciones o intereses de grupo preponderantes, desarrollándose en torno a ellos multitud de formulaciones especulativas manifestadas y solemnizadas ritualmente.

En las viejas civilizaciones, el mundo era intuído e interpretado a través de creencias metafísicas simbolizadas para explicar los grandes misterios físicos; como en Eleusis, en Delfos, en Luxor y en cientos de lugares sagrados esparcidos por todo el planeta. En nuestro tiempo, el proceso podría invertirse: serán la exploración y el mejor conocimiento de la naturaleza y de los fenómenos de un universo cuánticamente ampliado los que sustenten matemáticamente otra posible metafísica. Pero eso sólo no mejorará al Hombre…

La Masonería surgió como institución pionera en el intento de unir a los hombres fraternalmente en torno a los grandes ideales humanistas, tratando de superar algunos de los condicionamientos sociales más hirientes en la conciencia de sus fundadores. No inventó esos ideales, latentes en todos los desarrollos filosóficos de Oriente y de Occidente, sino que propuso su actualización a través del trabajo en fraternidad, rehabilitando y dando nuevo destino simbólico a los utensilios tradicionalmente propios del oficio de la construcción. Ser masón implicaría emprender la iniciación en el “oficio” de trazar y desarrollar pensamiento constructivo de la propia personalidad individual, en busca de un ideal de perfección no enclaustrado en modelos éticos prefijados dogmáticamente, sino avanzando gradual y ritualmente en el conocimiento de las correspondencias universales para, desde esa realidad, contribuir al perfeccionamiento global de la sociedad humana.

Ese ideal humanista y humanitario es el “disco duro”de la espiritualidad masónica, que contiene diversas formas posibles de entender lo espiritual, enlazadas entre sí por la Tolerancia activa; es decir, una tolerancia fraternal que no se limita a aceptar amablemente la existencia de las opiniones y sentimientos del “otro”, sino que nos mueve a buscar y compartir con él o con ella la parcela de conocimiento y de verdad que puedan contener, tratando de reunir lo disperso. Una espiritualidad de-y-para este mundo, actualizada con la esperanza de que algún día llegue a ser mejor. Por muy utópica que esa convicción íntima pueda ser, tiene la virtud de alentar comportamientos éticos positivos en cualquier medio social, traduciendo en acciones personales los parámetros ideales de justicia, libertad, igualdad, fraternidad, etc., universalmente añorados.

Pero la Masonería no sólo propugna una reeducación iniciática de la mirada que nos permita nuestra auto-construcción como individuos, sino que propone un método a seguir con ese fin. Llevar a cabo una labor “metódicamente” es realizarla minuciosamente, con conciencia de la importancia que tiene cada uno de nuestros actos como generador o determinador del acto siguiente. Todas las secuencias forman parte del proceso de construcción. No debe fallar ninguna, so pena de ver tambalearse el resultado final. Eso constituye lo que los masones llamamos un “rito” o método seguido para el adiestramiento en la realización del trabajo propio de nuestro oficio.

A través del Rito nos esforzamos en la disposición de nuestra voluntad y de nuestras restantes capacidades y virtudes o cualidades humanas, coordinándolas con las de nuestros Hermanos al servicio de un fin común. Sólo si la construcción de nuestro templo interior es sólida podremos proyectar hacia afuera la fuerza acumulada en él y contribuir eficazmente a la construcción de lo que llamamos Templo de la Humanidad. En ese sentido, cada logia debe poder elegir y respetar alguno de los métodos de trabajo integrados en la tradición masónica. Lo que no significa que la masonería de nuestro tiempo – o la del futuro – no pueda dar vida a nuevas formulaciones rituales que recojan escrupulosamente los valores y la intención contenidos en las palabras y en la simbólica o simbología fundacionales de la Orden. No ha sido ello tarea fácil, ni lo será, a juzgar por algunos ejemplos de los que tenemos constancia. El tema desborda los límites de este comentario…

El método o Rito llamado Escocés Antiguo y Aceptado, que es el tradicionalmente practicado por la mayor parte de las logias francesas, españolas, italianas e iberoamericanas desde principios del siglo XIX, se caracteriza por subrayar la importancia de ese “despertar” de la conciencia personal que prepara al masón para la acción, pero opino que la identidad masónica primigenia se recoge por igual en los tres grados simbólicos básicos de todos los ritos históricos del “oficio”. Y tambien creo que la especulación filosófica masónica puede desvirtuarse, conduciendo en algunos casos hacia virtuosismos trascendentalistas que no son los inherentes al oficio. Por otra parte, reflexionando sobre el encuentro de culturas – hoy precipitado como nunca lo estuvo anteriormente – y pensando en cómo habrá de traducirse la vocación masónica universalista en el seno de la próxima sociedad global, me parece necesario reconsiderar desde perspectivas actualizadas el paradigma cultural bíblico en el que se ha enclaustrado la cultura de los altos grados de los diversos métodos o ritos practicados, todos ellos creados paralelamente a la línea axial de la masonería prístina o primera.

Es fundamental evitar que los símbolos confundan o anulen lo simbolizado. Por ello, es importante el apoyo de una auténtica Tradición transmisora, no de conceptos culturales que se hallan forzosamente en periódica evolución, sino de la esencia de la Idea arquetípica humana subyacente, en la medida en que los arquetipos son referentes o parámetros antropológicos universales y contrastables. Interrumpido el vínculo con lo esencial, nuestra Tradición podría quedar sometida a todas las fluctuaciones de las modas intelectuales.