Principios masónicos del pasado para las ciudades del futuro

Principios masónicos del pasado para las ciudades del futuro

Principios masónicos del pasado para las ciudades del futuro
Una de las tendencias que más ha influenciado nuestras ciudades ha sido diseñarla para personas que tienen autonomía de movimiento

Hace un par de semanas recibí la invitación de escribir un texto para Masonería Española en el que hablara de ciudades. Mi primera intención fue la de establecer paralelos entre la construcción de catedrales -el origen de nuestra Orden- con la construcción de ciudades como espacios de unión y encuentro por encima de las diferencias. Sin embargo, el camino que preferí escoger fue primero abordar los retos de las ciudades en el corto y mediano plazo, para luego proponer algunas aproximaciones sobre cómo los valores masónicos de hace 300 años aportan luces sobre como dar respuesta a esos retos.

Me imagino que por “deformación profesional” me resulta difícil informarme y no encontrar hechos que a pesar de su excepcionalidad histórica, se han vuelto habituales cuando hablamos de nuestras ciudades: problemas de sobrepoblación -según la ONU pasaremos de 7.300 millones de personas al 2015 a ser 9.500 millones al 2050, de las cuales un 70% vivirán en ciudades-; deterioro del medio ambiente -ya no es un problema de “algunas ciudades en algunos países”, sino que afecta a los cinco continentes y sin distinción de su nivel económico: París, Medellín, Pekín, Nueva Delhi, Johannesburgo-; una desigualdad creciente y generalizada -desde diferencias sustanciales en la calidad del espacio público hasta la esperanza de vida entre barrios de una misma ciudad.

En el momento de buscar respuestas a esos retos, desde el urbanismo hay un acuerdo que parece consolidado: la relación de “una-causa-un-efecto”, ya no existe; es más, las causas ya no solo vienen del entorno inmediato como hasta hace pocas décadas, sino que también llegan desde cualquier lugar y en el momento menos esperado.

En algunos casos la multiplicidad de causas hace casi imposible elegir una única aproximación para entender y dar respuesta a esos retos. Mejorar la movilidad en es un buen ejemplo de ello: La creciente oferta de modos de transporte y sus consecuencias en la ciudad son de una gran complejidad y resulta imposible afrontar sus externalidades sólo desde la movilidad. A diferencia de hace pocas décadas donde equipos especializados buscaban soluciones que incidían principalmente sobre la infraestructura de transporte, hoy en día son muchas las especialidades que están llamadas a aportar soluciones: los equipos de ecología urbana dan ideas sobre como generar la menor cantidad de emisiones de gases efecto invernadero; los responsables de servicios informáticos configuran sistemas para que plataformas tecnológicas nuevas y existentes optimicen sus servicios; los departamentos de salud proponen soluciones para evitar que la obesidad y el estrés derivado de moverse por la ciudad no sigan aumentando al ritmo que lo está haciendo; y se incluso la ciudadanía exige unos servicios flexibles y personalizados.

Este consenso se materializa en el desarrollo de nuevos instrumentos jurídicos (usos mixtos del suelo, distribución de densidades, diseño y uso de las redes transporte…) que están acompañados por la construcción colectiva de un nuevo conjunto de relaciones entre las personas y con el entorno: antes, la propiedad de las cosas marcaba su posibilidad de uso, ahora gracias a la economía colaborativa, podemos usar sin poseer; el tiempo de desplazamiento para ir de la casa al trabajo comienza a ser un indicador de calidad de vida y no necesariamente el vehículo en que lo hacemos; el conocimiento que antes se almacenaba en libros ahora también se puede consultar por medio de cualquier dispositivo conectado a internet, y lo que es mejor, de forma más rápida y ubicua.

Una de las tendencias que más ha influenciado nuestras ciudades ha sido diseñarla para personas que tienen autonomía de movimiento.

Si se tuviera que definir un momento del “big bang” de estos nuevos fenómenos urbanos y sociales, sería el punto donde las tecnologías de la información y comunicación (TIC) se pusieron al alcance de cualquier persona. Un momento que podríamos situar en los últimos años del siglo pasado, aunque su gestación viniera de varias décadas atrás. Esta nueva forma de vivir en la ciudad, también ha tenido un impacto de igual envergadura en la economía: el hotel más grande del mundo, no posee ningún edificio (airbnb); el servicio de transporte privado con mayor cobertura a nivel mundial no es propietaria de ningún vehículo (Uber); el mayor proveedor de contenidos online, no es una productora (facebook). Incluso también tendrá impacto en la estructura laboral de nuestras sociedades: un porcentaje de los empleos actuales -hasta un 30%- podría llegar a ser reemplazado por robots en las próximas décadas.

Frente a unos retos de esta magnitud y trascendencia se podría pensar que la masonería, una institución creada hace más de 300 años fruto de la unión de constructores de catedrales, tiene poco que aportar a la construcción de nuestras ciudades. Sin embargo, estoy convencido que en estos momentos una reflexión a partir de los principios fundamentales de nuestra orden (Libertad, Igualdad y Fraternidad) aportan ingredientes útiles para hacer ciudades que puedan afrontar los retos ambientales y sociales que vivimos hoy en día.

Libertad

Nuestra privacidad -espacio por excelencia donde ejercemos nuestras libertades de pensamiento y expresión- como consecuencia de los avances tecnológicos se ha convertido en una nueva moneda de cambio. Hemos, por lo tanto, replantearnos el impacto que tiene el ceder privacidad en la forma en que ejercemos la libertad.

Hasta hace unos años la privacidad era un concepto claro y sobre el cual podíamos ejemplificar sus límites con relativa facilidad: Cerrando las puertas de nuestra casa constituíamos un espacio vital donde podíamos sentirnos libres.  Con la aparición de las TIC, ese espacio de libertad es cada vez más pequeño y escapa a nuestro control. Lo que decimos, deseamos, leemos, escuchamos o compramos en la intimidad de nuestro hogar se convierten en datos que son almacenados, vendidos y comprados por terceras personas.

Es imprescindible redefinir el concepto de privacidad. Si queremos tener los beneficios que nos dan las TIC, ese nuevo concepto debe dejar atrás la utopía de tener su control en todo momento y en toda circunstancia, reconociendo así que para preservar nuestra privacidad, cerrar la puerta ya no es necesario, es irrelevante.

El primer paso para esa redefinición es apropiarnos de las consecuencias que tiene compartir información personal, fotos o nuestra localización con las plataformas tecnológicas que nos hacen sentir “libres”. Para esto es fundamental el apoyo decidido de las entidades públicas que deberían asumir la responsabilidad de facilitar al usuario la comprensión del uso que hacen esas plataformas de la información que estamos cediéndoles. No deja de ser llamativo que las condiciones de servicio que ofrecen programas informáticos que usamos a diario -desde buscadores hasta nuestros teléfonos móviles- puedan tener más palabras -y mayor complejidad de lectura- que obras como Hamlet.

Igualdad

Una de las tendencias que más ha influenciado nuestras ciudades ha sido diseñarla para personas que tienen autonomía de movimiento -mayoritariamente en vehículos motorizados, no van caminando con coches de bebé o no tienen discapacidades físicas- o son trabajadoras y su tiempo le cuesta dinero a las empresas -los viajes de placer no tienen una relación dinero/hora en el momento de analizar el impacto de una infraestructura. Esto lo podemos ver en cualquier ciudad donde las ideas de hacer ciudades más humanas no ha llegado: avenidas de 8 carriles que rompen barrios enteros, andenes con bordillos de más de 30 cm de altura (para que los coches no se suban al anden, pero algunas personas tampoco), señalizaciones poco intuitivas…

La igualdad, desde mi perspectiva masónica, se materializa en la ciudad cuando los espacios públicos sean lugares que promuevan “la unión de lo disperso”

Guillermo Peñalosa es un urbanista colombiano radicado en Toronto (Canadá). Desde allí promueve lo que a mi entender es la máxima expresión de la igualdad en las ciudades: la organización 8 80 Cities. Desde esta plataforma promueve la idea que si diseñamos espacios públicos y sus servicios para que puedan ser disfrutadas por personas de 8 o de 80 años tendremos una ciudad saludable, inclusiva y equitativa.

Una visión con esta sensibilidad permite diseñar espacios donde, por ejemplo, el transporte público sea accesible para padres con coches de bebé, personas con limitaciones de movilidad o niños en excursiones del colegio y esto no solo en lo referido a las barreras físicas, sino también en sus mapas o anuncios auditivos. Ciudades con esa sensibilidad permitirán generar parques donde haya espacio para que los niños jueguen, personas mayores puedan pasar la tarde y se pueda trabajar al aire libre gracias a conexiones públicas de internet.

La igualdad, desde mi perspectiva masónica, se materializa en la ciudad cuando los espacios públicos sean lugares que promuevan “la unión de lo disperso”. Donde el uso mixto de los espacios, promuevan el intercambio de ideas, encuentros inesperados y que también sean lugares de recogimiento y contemplación. Quizás eso es pedir demasiado en muchas de nuestras ciudades, pero quizás también hemos ya dado mucho y es hora de cambiar prioridades. Aún tenemos tiempo para intentar que el lugar de encuentro por excelencia, el espacio público, sea un punto de encuentro entre diferentes, pero donde todos nos sintamos iguales sin importar de donde o como llegamos.

Fraternidad

Las ciudades cada vez tienen mayor incidencia en la toma de decisiones estratégicas de escala global. Basta con ver la rápida reacción de ciudades como Barcelona o Madrid frente a la crisis de refugiados de Siria, y la lenta respuesta de los estados y de las entidades europeas para responder a esta tragedia. Pero también como Ciudad de México o New York se posicionaron respecto a la decisión unilateral de Estados Unidos de retirarse del Acuerdo de Paris sobre el cambio climático.

Las ciudades tienen una oportunidad histórica de convertirse en actores determinantes del futuro del planeta, son lugares donde ocupando solo el 2% de la superficie se consumen el 75% de los recursos energéticos. Sin embargo, su capacidad de influencia pasa por saber trabajar en red, ya no solo con las ciudades más próximas como ocurría hasta hace pocas décadas, sino que gracias a las TIC, con ciudades que pueden estar en cualquier parte del mundo.

La fraternidad cuando hablamos de ciudades se refiere a las relaciones que se establecen entre ellas para promover infraestructuras (el Corredor Mediterráneo en España), para atraer inversiones (el Diamante Caribe en Colombia), o la generación de plataformas de intercambio de conocimiento como el C40, una plataforma de ciudades de cinco continentes para reducir las emisiones de carbono y adaptarse al cambio climático. Estos espacios promueven el intercambio de lecciones aprendidas y de fortalezas individuales para así paliar las debilidades compartidas.

A manera de conclusión.

Las ciudades están cambiando. Aparecen nuevas formas de relacionarnos entre personas. Los modelos económicos tradicionales están reinventándose. Nuevos valores colectivos están surgiendo. Sin embargo, los valores capitales de la masonería, Libertad, Igualdad y Fraternidad, son aún luces que pueden aportar en la construcción de ciudades más humanas, equitativas y responsables con sus habitantes y el medio ambiente. Sin lugar a duda esos principios no son suficientes para dar respuesta al tamaño de los retos y problemas que tienen que afrontar nuestras ciudades, pero las reflexiones que de ellos se desprenden dan elementos que siguen siendo vigentes a pesar de su aparente antigüedad.

Oscar Mauricio Chamat Nuñez

Urbanista – Realizador www.ciudadhub.com