Aquiles en el gineceo, reflexiones sobre muerte y mortalidad.

Aquiles en el gineceo, reflexiones sobre muerte y mortalidad.

Aquiles en el Gineceo, de Javier Gomá.
Aquiles en el Gineceo, de Javier Gomá.

Algunas reflexiones sobre muerte y mortalidad a la luz de la obra de Javier Gomá Aquiles en el gineceo o Aprender a ser mortal.

Dice el filósofo Javier Gomá[1] que las dos grandes ideas eficientes del siglo XX, las que han marcado este tiempo de la experiencia humana por encima de cualquier otras son la idea de Finitud y la idea de Igualdad. Es curioso que ambas son ideas centrales del método masónico tal y como se propone en la obra del hermano José Luis Cobos —El método masónico[2]— .

La finitud, la idea de que la esencia del ser humano es tiempo que fluye y se agota, la idea de MORTALIDAD la desarrolla Gomá en su librito Aquiles en el gineceo, utilizando para desarrollarla una escena de la mitología clásica representada en un cuadro de Rubens, que se expone en el Muso del Prado con ese título. Esa reflexión es tributaria de las conclusiones de su anterior obra Imitación y experiencia, obra en la que sostiene que la acción imitativa es la forma propia que adopta el aprendizaje del ser, que se hace siempre a partir del modelo ejemplar que es un supuesto paradójico de un “universal concreto”. También en esta idea encuentro resonancias propias del método masónico que trabaja en sus rituales con constantes referencias de imitación, experiencia y ejemplaridad.

El pensamiento de Gomá parte de una idea de Ortega y Gasset: la idea de que hay un conocimiento propio del ser humano concreto, un conocimiento existencial que nos atañe a cada uno de nosotros de una manera personal e intrasferible, aunque no necesariamente privado sino compartido y entretejido con el de los otros; el maestro Ortega le llamaba a ese conocimiento “experiencia de la vida”, título que Ortega nunca llego a convertir en libro pero que es leiv motiv de toda su obra.

Las ideas de Gomá se levantan sobre un sentido —iniciático, sin decirlo— de la existencia, que se va definiendo a partir precisamente de esa experiencia de la vida, que se va desarrollando en estadios o fases, en un tránsito que va de la subjetividad a la objetividad, de lo absoluto y general a lo relativo y concreto, de la inmortalidad — o mejor aún inconsciencia de la mortalidad— a la mortalidad, o dicho con las imágenes del cuadro de Rubens: del gineceo del yo adolescente —de la irresponsabilidad egóica del mundo infantil—a la responsabilidad que deriva del reconocimiento de los otros y de nuestro papel como uno más en el seno de la ciudad.

En el cuadro de Rubens se representa el momento en que el semidiós Aquiles elige participar en la guerra de Troya, a sabiendas de que esa participación conllevará su muerte en la batalla, en vez de aceptar la protección del gineceo de Esciros, en el que infantilizado, rodeado de mujeres, vestido como una mujer podría rehuir su destino y renegar de su condición de héroe y de guerrero y desentenderse de la Guerra de Troya.

Según Gomá ese momento arquetípico que representa Aquiles, es un momento que todos hemos de vivir, a nuestra manera propia y original. En el caso de Aquiles este es informado por un oráculo de que si se enrola con la armada griega contra Troya, será un héroe y alcanzará reconocimiento en la conciencia de los griegos, pero a cambio de aceptar su muerte, y muerte en plena juventud. Si renuncia a ese destino, su vida permanecerá oculta y desconocida, será una vida biológicamente sin fin aunque sin sentido, sin logro, ni reconocimiento.

Ante ese dilema Aquiles, medio dios y medio hombre —hijo de la diosa Tetis, y de un simple hombre, Peleo— acepta su destino mortal a cambio de ganar la inmortalidad de su ejemplo. Prefiere morir —biológicamente— a perder la vida —biográficamente—.

Todos los animales morimos, somos biológicamente mortales, pero solo los animales humanos sabemos que vamos a morir, eso nos hace mortales también biográficamente, nos hace conscientes de que nuestra vida es un viaje, un camino, de sucesivas transformaciones que lleva siempre a la extinción. Esa conciencia de mortalidad nos acompaña permanentemente como un reloj simbólico que nos recuerda que nuestro Ser es Tiempo.

Para Gomá el momento crucial de ese aprendizaje de la mortalidad sucede cuando asumimos nuestro papel de ciudadanos, cuando abandonamos el yo narcisista e inconcreto de la adolescencia, por su indefinición improductivo, y aceptamos los confines y límites de nuestra vida en la acción de la ciudad, en la política, en el oficio, en la fundación de una casa. La conciencia narcisista del adolescente se mira a sí misma como algo único, mientras que la sociedad le dice que es intercambiable, fungible con los otros, dicho masónicamente una “piedra entre otras piedras”, eso nos hace “mortalmente” prescindibles, y finitos y nos enseña a vivir plena y creativamente esa limitación comprometiéndonos con las opciones concretas que vamos realizando: el adolescente sueña con multitud de proyectos, profesiones, amores, tareas…, todos posibles y todos hipotéticos, el ser humano maduro asume que habrá de realizarse en unos proyectos concretos y limitados, en un trabajo concreto, en amar a una persona concreta, en un tiempo y en un espacio concretos,…

Para Gomá, la experiencia de la vida incluye necesariamente este viaje de Esciros a Troya, del yo narcísico que ocupa el lugar del Mundo, a un Mundo en el que ocupamos nuestro lugar. La ciudad y la ciudadanía, son un espacio concreto y limitado pero son también el espacio en que tenemos la oportunidad de tener experiencia verdadera.

La experiencia de la vida era para Ortega y lo es también para Gomá en principio, una vivencia de la negatividad. Un detalle curioso en euskera la palabra experiencia se traduce como eskarmetua, lo que revela a las claras esa negatividad. La experiencia es negativa porque supone enfrentarse a las resistencias de la realidad, que se opone a nuestra voluntad y a nuestros deseos y nos confronta con la voluntad y los deseos de los demás. Dice por eso Gomá que toda experiencia es experiencia política porque tiene que ver con los otros que conforman nuestro mundo humano. Pero esa negatividad no es exclusiva, es un momento de la experiencia que permite el paso al momento positivo de la realización, de la tarea, de la obra.

 

Gomá percibe que la atmósfera de la postmodernidad se alimenta de una asunción plena de nuestra mortalidad. Nos hemos entregado a ser mortales, vivimos sin más allá, instalados en una compleja relatividad. Hemos renunciado a un más allá transmundano, pero también a las pretensiones totalizadoras de finales del siglo XIX y del XX, que fungían como una forma de trascendencia utópica que se realizaba en la Revolución, la Patria invicta o el Futuro Luminoso. Nuestro tiempo es de un suave y general relativismo que deriva de esa conciencia aguda de nuestra mortalidad; ahora el desafío dice Gomá “estriba en encontrar el modo de edificar las antiguas instituciones de la eticidad sobre bases exclusivamente finitas”, es decir, sobre los cimientos de nuestra propia humanidad. En este punto, resuenan también en las palabras de Gomá aquellas otras del hermano Krause que hablaba de la masonería como el estudio y consideración del hombre en su pura y completa humanidad.

Termino con las líneas introductorias del libro de Richard Dawkins Unweaving the rainbow:

“Vamos a morir y eso nos hace afortunados. La mayor parte de la gente nunca morirá porque nunca ha nacido. La gente que potencialmente podría haber estado aquí en mi lugar pero que nunca verá la luz del día, es mas numerosa que los granos de las arenas de Arabia. Con toda seguridad estos espíritus no nacidos incluyen a poetas más grandes que Keats, y a científicos mayores que Newton. Sabemos esto porque el número de combinaciones que permite nuestro ADN es muchísimo más vasto y numeroso que el de la gente realmente nacida. Entre los dientes de esta estupefaciente casualidad, somos tú y yo, en nuestra ordinaria normalidad, los que estamos aquí. “

[1] Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es un ensayista y filósofo español. Es doctor en Filosofía y licenciado en Filología Clásica y en Derecho. Ganó las oposiciones al cuerpo de Letrados del Consejo de Estado con el número 1 de su promoción[cita requerida]. Desde 2003 es director de la Fundación Juan March, con sede en Madrid.

[2] http://www.masonica.es/ficha/?i=73