Apuntes sobre religión y biología

Apuntes sobre religión y biología

Masonería
"El hechicero", pintura en Les Trois Freres.

 

 

“Sólo el hombre entre todos los animales ha hecho obligatoria la creencia en los dioses”.

Platón (Protágoras 322 a).

 

El hombre siempre ha sentido una imperiosa necesidad de crear formas, formas en el espíritu, y en su devenir como especie ha procedido como si en la esencia de la humana condición, se encontrara un elemento espiritual que debe ocupar una posición privilegiada: una totalidad inconsciente dentro de la realidad cotidiana.   

Decía Artemidoro que “no hay ninguna tribu sin religión” y, en efecto, hasta el momento presente, los antropólogos no han conocido sociedad humana alguna de la cual la religión haya estado ausente. Aún más, no sólo es asombroso el carácter universal de la religión sino su persistencia a lo largo de los milenios y a través de los muchos quebrantos de la historia, pues si la religión fue inventada alguna vez, ha conseguido infiltrarse con indudable éxito en todas las variedades de la cultura humana.

Y es esta expresión, “éxito”, la que debe quedar en la retina de nuestra memoria, pues no podemos olvidar que los patrones básicos de la religión surgen en la remota noche de los tiempos; que son anteriores al Neolítico, y que por ahora no han sido reinventados sino transmitidos generación tras generación hasta nuestros días. El gran logro creativo de fundadores de religiones como fueron Zaratustra, Jesús o Mahoma consistió “en transformar, invertir o reordenar patrones y elementos que ya existían, y que aún siguen manteniendo un innegable parecido familiar con las formas más antiguas” (W. Burkert).

Resulta tentadora la tesis que nos presenta el fenómeno religioso como un derivado cultural, desde la posición de que no hay naturaleza humana sino “diversidad cultural, y que los seres humanos son definidos por ésta, mucho más que por su constitución natural” (Émile Durkheim). De este modo, la religión tendría que ser contemplada en función de la situación cultural donde se practica, como una “representación colectiva”, y no podría ser tratada como un fenómeno general derivado de la naturaleza humana. Desde este punto de vista, no podríamos explicar por qué en el seno de culturas bien diferentes tanto desde una perspectiva climática, geográfica como política, se producen arquetipos religiosos tan extraordinariamente similares, ni aún reconociendo una cierta influencia de unas sobre las otras.

La alternativa a esta tesis habría de ser, entonces, la de reconocer que existen unos fenómenos comunes a todas las civilizaciones humanas, sin considerarlos – tal sería el caso de la religión – como característicos de la naturaleza humana. Es evidente que hay semejanzas sociobiológicas básicas en todas las formas de la cultura humana (todos comemos, dormimos, trabajamos, intentamos procrear, enfermamos, morimos), y que estos “universalia” explicarían, por ejemplo, la existencia de la familia nuclear donde el patriarca ocupa un lugar destacado; el ejercicio de cierto nivel de violencia socialmente admitido que procede de la autoridad patriarcal, y cuyo modelo se ha trasladado al gobernante con ese mismo criterio paternal; el uso de la tecnología y significativamente del fuego; la guerra de conquista, el lenguaje, el intercambio de productos… ¿pero cuál es la función de la religión, y de su expresión original: el arte? Resulta evidente que no son tan útiles para el ser humano como el resto de los factores universales, y sin embargo ambos nos acompañan de forma inseparable, desde que el pasado más remoto.

El postulado de inmortalidad, de vida eterna, es posiblemente la idea más poderosa en muchas religiones

La semejanza de los fenómenos religiosos en todo el mundo es extraordinaria: “todas las religiones incluyen un comportamiento ritual formalizado apropiado para la veneración; la práctica de ofrendas, sacrificios, votos y plegarias con referencia a seres superiores; y también canciones, relatos, enseñanzas sobre esos seres y el culto que exigen” (W. Burkert), y parece posible establecer unas características comunes:

  • La religión se ocupa de lo “no obvio”, es decir, que se ocupa de lo invisible, de lo que no se puede verificar, y se manifiesta en acciones y actitudes que no cumplen funciones prácticas inmediatas; y aun cuando no se debe confundir con cualquier otra práctica – sea un ejemplo, la Masonería – sí es cierto que esa intangibilidad, supone una característica básica. Para superar la barrera de la falta de claridad, la mayoría de los creyentes acepta las técnicas extáticas u oraculares, la meditación o el misticismo como vías de acceso a lo sobrenatural, aunque sería más justo decir que dichos fenómenos están íntimamente enraizados en la propia esencia de la religión, hasta el punto de que ésta no puede tener una existencia estable sin el mediador, sin el chamán o “sacerdos”: sin el que no haya sido ordenado en lo sagrado

 

  • La segunda característica, es que la religión se manifiesta a través de la interacción y la comunicación. De hecho la comunicación religiosa siempre apunta en dos direcciones: hacia lo invisible y hacia la situación social contemporánea, de modo que la religión llega a ser una interacción modelada con seres culturalmente postulados como sobrehumanos bien sean considerados como dioses, demonios, ancestros heroicos o santificados. Esta comunicación con dichas entidades, interfiere con las relaciones normales dentro de la sociedad, de modo que lo divino puede llegar a convertirse en una herramienta social, y es precisamente en este punto donde se ha querido ver el origen de la religión: en la sospecha de que es un instrumento de trucos y falsas apariencias, producidos por quienes se benefician de la manipulación de lo invisible. Y si bien es más que probable que actuaciones de este tipo hayan tenido lugar en muchas ocasiones, no parece que sea éste un argumento sólido que explique el origen ni su  extensa permanencia en el tiempo, pues incluso entre los primates más desarrollados, las estratagemas no se pueden repetir con demasiada frecuencia sin que sean reconocidas y pierdan toda su fuerza.

 

  • Finalmente, cabe destacar como característica principal, su pretensión de verdad y seriedad. En la religión hay un postulado de prioridad, de necesidad, de la imperiosa certeza de que determinados pensamientos y acciones son tan esenciales e inevitables, que el resto de los proyectos y acciones humanas deben pasar a un segundo plano. Y es que las religiones son serias, muy serias: por eso son tan vulnerables a la risa y a la burla. De este modo, igualmente pueden prescribir la violencia como medio para mantener su postulado de prioridad – bien lapidando pecadores o dirigiendo fatwas – como dar sentido al autosacrificio e incluso al suicidio en masa.

La suprema seriedad de la religión está ligada a la “preocupación suprema”: al gran miedo biológico a la muerte, capaz de anular todo lo demás. El drama de la interacción de la religión con lo invisible mediante la manipulación de la ansiedad humana, se lleva a cabo con la muerte como telón de fondo.

El postulado de inmortalidad, de vida eterna, es posiblemente la idea más poderosa en muchas religiones; sin embargo no podemos olvidar que la religión se inventa, surge o se revela, mucho antes de que un concepto tan elaborado teológicamente como éste, llegue a formarse en la mentalidad colectiva. Aún más, esta idea-fuerza ni siquiera tiene un carácter universal: el hombre no ha creado a los dioses únicamente por miedo a la muerte. El hombre tiene un conocimiento preciso de la muerte, sabe bien que la “parca” no se puede abolir, y la incógnita que sugiere este hecho estimula relaciones imaginarias con lo desconocido o bien provoca un escenario espiritual, un acceso a una realidad superior, a un inmenso vértigo, al más allá desconocido… pero, insisto: la trascendencia, la vida de ultratumba, no es una idea universal.

La búsqueda del origen de la religión requiere una perspectiva más general, una perspectiva que supere las civilizaciones individuales, hasta el punto de tomar serenamente en consideración el proceso de la evolución humana dentro del más amplio y general proceso de evolución de la vida, dentro del propio lenguaje del mundo, de la Naturaleza, lo cual evoca inevitables resonancias biológicas.

La teoría de la evolución de Darwin causó un impacto tan intenso y duradero en las teorías de la cultura del siglo XX, que pronto se habló de un darwinismo social y de cómo la herencia biológica era un factor determinante de la práctica humana. La hipótesis básica de la sociobiología es la “coevolución de los genes y de la cultura” en constante interrelación, y de su herencia darwiniana toma el concepto de aptitud para la supervivencia relacionada con las posibilidades de procreación, de modo que “el éxito cultural consiste en realizar las cosas que hacen probable el éxito biológico” (E.O. Wilson).

Los no aptos habrían de ir disminuyendo gradualmente hasta desaparecer, y así el progreso cultural y la modificación de los genes irían juntos, pues lo que se transmiten son los genes, no los individuos. Por lo tanto, el tramposo del grupo, el miembro dominante, es el que tiene la máxima ventaja y por su misma aptitud multiplicará sus genes; es decir, en el proceso de selección perdurará el “gen egoísta” frente a otros.

Y en este punto, una vez más, la religión se erige con el mayor desafío para la sociobiología, ya que muchas de ellas piden a sus adeptos la renuncia a los bienes mundanos, el abandono de la vida competitiva, la abstinencia, la castidad. El Budismo predica el abandono del deseo mismo, como vía para la liberación; el Cristianismo y el Islam ensalzan a sus mártires y elevan a la categoría de santos a quienes se someten al autosacrificio de forma altruista.

A pesar de todo, a pesar de no contener el perfil genético adecuado, la religión es un “éxito” rotundo. Aún más, hay minorías humanas – y me refiero al judaísmo –  que han persistido por medio de la religión, y que han sobrevivido durante milenios a siglos de gobierno cristiano y musulmán en una especie de nicho, unidos por sus creencias comunes y no precisamente al contrario, como cabría esperar de un posible origen biológico. La Iglesia Católica romana lleva alrededor de sesenta generaciones trabajando con éxito, a pesar de estar dirigida por una élite que renuncia explícitamente a la procreación física. El pueblo judío ha sobrevivido en condiciones de relativo aislamiento, con reglas matrimoniales especiales desde hace cien generaciones… y sin embargo, no existen genes judíos.

El marxismo, al formular “la tesis del opio”, acusa a la religión de satisfacer deseos humanos de manera fantasiosa, nada realistas y posiblemente perjudiciales, del mismo modo que hacen las drogas, las cuales ofrecen una ilusión de felicidad al tiempo que anulan y distorsionan las funciones cerebrales normales. Desde esta perspectiva, se habría transmitido una malformación genética a través de los tiempos, ya que la ilusión puede ser concebida como una mera disfunción provocada por las endorfinas que produce el cerebro, hasta provocar una especie de drogodependencia: nada más opuesto a la tesis de la aptitud para la supervivencia evolutiva. No obstante, y para ser justos, sí es posible descubrir cierta relación con la teoría de la endorfina, en la mayor tolerancia frente a las adversidades que proporcionan las religiones a sus adeptos, estimulando la procreación incluso en circunstancias desesperadas que, no obstante, tampoco viene a justificar una correlación entre religión y selección genética.

Otra característica esencial de la aptitud para la supervivencia, es su adaptabilidad a las condiciones cambiantes, y en los sistemas culturales supone la capacidad de aprender y de seguir aprendiendo rápidamente, en un mundo hostil que varía sin cesar. Sin embargo, nos encontramos con el inconveniente de que la religión se esfuerza por enseñar las verdades eternas, inmutables, imperecederas, que postula entre sus adeptos la inalterabilidad de las creencias, las actitudes y las costumbres. La religión supone un eje de estabilidad del cual deriva el sentido de la civilización, y por tanto no puede ni debe variar: como vemos, nuevamente se incumplen los parámetros de aptitud para la supervivencia.

Parece claro que el programa genético del ser humano se desarrolló según patrones predeterminados, formados posiblemente mucho antes de su propia aparición como especie y, creo que es muy posible afirmar, que no existe ninguna necesidad biológica de religión: las posibilidades de descubrir genes religiosos parecen escasas.

La religión y su primitiva expresión, el arte, son netamente humanos, y nacen en el ámbito netamente humano de la abstracción, pues somos los únicos seres de la creación capaces de experimentar estados que se describen como de “pérdida de la realidad”. Es posible advertir dichos estados de abstracción en la concentración de científicos o artistas, en el fervor de la plegaria religiosa o en el ejercicio de la meditación, donde el sistema mental anula la realidad y lo invisible se impone sobre lo obvio: algo absolutamente inaudito incluso para los primates más evolucionados. Dicen los biólogos que cada uno de nuestros sentimientos espontáneos, pueden ser considerados como reflejo de alguna función biológica determinada, excepto ese peculiar ámbito de abstracción, donde precisamente surge la esencia espiritual de la condición humana.

Aún más, existen motivos para suponer que la religión podría ser más antigua que el tipo de lenguaje que conocemos, en la medida en que está ligada a un ritual

Hace unos cuarenta mil años, en el Neandertal, debió tener lugar una revolución cultural que se manifestó a través de nuevas formas de sistemas de significado y pensamiento plástico, y así surgió el arte – algo aún hoy desconocido por los demás primates – entre las formas más simples de marcar, describir y hacer distinciones.  El arte significa hacer especiales ciertos objetos de percepción, produciendo una tensión característica entre lo que resulta familiar y lo que debe ser admirado y supone, en suma, el germen de un universo de símbolos con potencialidad para ser igualmente percibidos por el resto de los miembros de la especie.

Como hemos visto, no es posible afirmar que la religión natural, las formas básicas y comunes de dirigirse a lo sobrenatural surgidas de las brumas de la prehistoria, sea un modelo de coevolución de genes y cultura, y ello a pesar de su carácter universal y de la persistencia de patrones en el tiempo y en el espacio: no existe teoría alguna sobre el evolucionismo social que pueda ofrecer suficientes respuestas.

Aún más, existen motivos para suponer que la religión podría ser más antigua que el tipo de lenguaje que conocemos, en la medida en que está ligada a un ritual, a una representación ritual, pues ésta habría reflejado un estado de comunicación preverbal que debió ser aprendida por imitación y comprendida por su función, ya que parecen probadas las prácticas rituales funerarias de los hombres del Neandertal y, sin embargo, hay serias dudas sobre su capacidad para hablar.

La aparición del lenguaje provoca el advenimiento de un mundo mental común, que permitió acciones, pensamientos, sentimientos, conceptos y valores comunes a todos, uniendo a todos los seres humanos a la cadena ininterrumpida de la tradición, que sería transmitida de una generación a la siguiente. La tradición es información condensada y sistematizada. El lenguaje tiende a mantener finito el sistema de signos a través de la generalización y la metáfora, y la religión se sirve de esta necesaria reducción de significados, para ofrecer orientación frente al universo complejo y abigarrado que en sí misma representa. Y el esquema mental que impone el propio lenguaje como sistema significativo parece necesitar un significante último, precisa remontarse al principio, al absoluto, al Todo, a la Causa Primera y Única, al Uno… a Dios, en definitiva.

La receptividad al mensaje religioso ya estaba servida, porque se transmiten arquetipos, incluso imágenes de entidades religiosas conocidas con anterioridad, asumidas a través del ritual y de la repetición del ciclo y del espacio sagrado que éste debe representar. Dos sistemas de signos, el ritual y el lingüístico, se unen para reforzarse mutuamente, para formar estructuras mentales que determinen las categorías y las reglas de la vida, y se realizan representaciones colectivas de las ceremonias religiosas, donde intervienen como refuerzo el canto y la danza, combinando ritmos y sonidos repetitivos para crear la gran experiencia colectiva.

El hombre no inventó la religión, sino que fue el intérprete del lenguaje del mundo, de este viejo y fecundo planeta que le habló cuando aún podía y quería entenderlo y aceptarlo

Posiblemente, la religión nace en la oscura noche de los tiempos, a los pies de una figura rupestre tan enigmática como la “El Hechicero”, en la caverna de Les Trois Frères de Ariège (Francia); nace de forma previa a la consciencia, donde la realidad no se distingue tan nítidamente de lo fabuloso, pues los arquetipos han sido y son fuerzas anímicas vitales que reclaman la plena aceptación, y que con los más extraños métodos, se encargan de hacerse valer.

“Un mitologema habla, actúa y vale por sí mismo, como una teoría científica o una creación musical, y en general, como toda obra de arte auténtica” (Kart Kerényi).

El hombre no inventó la religión, sino que fue el intérprete del lenguaje del mundo, de este viejo y fecundo planeta que le habló cuando aún podía y quería entenderlo y aceptarlo: la religión es el resultado de ese remoto diálogo que hoy nos parece imposible, y que el ser humano ritualizó y tradujo en signos como buenamente pudo.

Masones
El Hechicero.

Permitidme concluir con unas palabras de C.J. Jung, que deberían hacernos reflexionar:

 “Por esta razón, el intelecto científico cae una y otra vez en la tentación de esclarecerlo todo y acabar de una vez para siempre con tal pesadilla. Ya se llamaran esos intentos evemerismo, apologética cristiana o Ilustración en sentido estricto o positivismo, detrás de ellos se escondía siempre un nuevo y sorprendente revestimiento del mito que, conforme a un antiquísimo y sacrosanto modelo, pretendía ser, de allí en adelante, sabiduría definitiva. En realidad jamás hay liberación legítima del fundamento arquetípico, si no se está dispuesto a aceptar a cambio una profunda neurosis.”