Antisemitismo, islamofobia y prejuicios

Antisemitismo, islamofobia y prejuicios

Masonería en España
Antisemitismo, islamofobia y prejuicios, por Juan de Mugarri

En mayo de 1898 tuvo lugar en Viena la reunión mensual del Club Wiener Symposium al que acudió como invitado el entonces conocido escritor de divulgación Hermann Kleinster. Avanzado el coloquio, Herr Kleinster, tras una captatio benevolentiae en la que hizo pública fe de progresismo, pasó a perorar sobre el peligro de que Praga, “una ciudad construida por germanos” se convirtiera en una ciudad eslavófona. “¿Quién querría abandonar la lengua imperial de Goethe, Kant y Hegel, hablada por lo mejor de Europa, por la de unos campesinos checos? Tengo que dejar bien claro-añadió-, que el checo no es una lengua de cultura, es una cacofonía que hiere el buen gusto”. A pesar del tono ampuloso, la boutade que expresaba el prejuicio de que unas lenguas son mejores que otras fue recibida con risas por la mayoría de los ufanos comensales vieneses, salvo dos o tres que de antemano se daban por perdidos dada su triste condición de rutenos. Animado por la acogida, profetizó lastimeramente: “En todo caso, ya soy mayor y no me importa porque estoy más allá de este Mundo y no lo veré; los judíos, esos parásitos, dominarán el mundo y veremos en veinte o treinta años nuestras catedrales coronadas con Estrellas de David y llenas de moishes”. Aquí ya hubo algún mohín, pero nada serio porque después de todo la mayoría o lo compartía o lo consideraba una pontificación respetable.

Es difícil imaginar hoy la fuerza y el peso que para muchos tuvo el antisemitismo. El viejo prejuicio- y posición teológica- del antijudaísmo se había adaptado a tiempos positivistas con un barniz antropológico, sociológico y científico. El impulso natural de buscar un chivo expiatorio, lo que Girard (1) llama la víctima original, hacía que gente que por lo demás podía ser excelente encontrara por doquier pruebas irrefutables de una marca de Caín en sus conciudadanos más o menos remotamente vinculados al judaísmo. El prejuicio tiene una vis atractiva que mediante conocidos sesgos cognitivos enmarca o encuadra cualquier hecho como acreditativo de la intuición original. El honrado panadero o peluquero antisemita creía realmente que una turba mafiosa judaica se conjuraba en su contra y acaparaba bienes y servicios y maquinaba sin fin para sacrificar lo bueno y lo virtuoso de la Humanidad (que por supuesto ellos representaban). Se sentían activos en la virtud luchando contra el mal y precisamente porque eran conscientes de esa lacra se consideraban mayores y mejores depositarios de todo lo que había de bueno en el ser humano. Eran enemigos, y enemigos personales de esos odiadores de la Humanidad y precisamente por ser decentes eran antisemitas.

No voy a tratar en este escrito la conclusión de ese delirio más que indicando que el resumen de todo él se halla bien simbolizado en la cúpula oscura de Yad Vashem, donde penden en silencio las fotografías tenuemente iluminadas de cientos de niños judíos que no llegaron a ser hombres.

No es solo la violencia del prejuicio lo que nos llama la atención sino la asombrosa impregnación con la que apestó a todas las sociedades, incluso aquéllas en las que nosotros ahora mismos nos reconocemos. La condena no era ya a personas concretas sino a toda una tradición y cultura, la hebrea en este caso, en la que todo estaba empapado de una maldad originaria y humanófoba (“¡Esa arrogante atribución de pueblo elegido!!”) Es conocido el hecho de que barcos de refugiados judíos centroeuropeos fueron rechazados por el peligro que representaban en países liberales. Un cuerpo extraño. También en las dictaduras, algunas tan olvidadas: quizá muchos no sepan que el entonces Ministro de Asuntos Exteriores español, Jordana, en plena guerra mundial, accedió a regañadientes a los salvoconductos que entregaba el diplomático Santos Briz “siempre que los judíos no vengan a España”, lo que por supuesto anulaba tales pases.

es conocido el hecho de que una gran parte de los defensores del régimen franquista se ven a sí mismos como “liberales de toda la vida”

Hay algo profundamente inhumano en el prejuicio antisemita (y en anteriores como el llamado peligro amarillo o la creencia en la sinarquía internacional de la que tanto se reía Chesterton en El hombre que fue jueves) que representan tan bien las fotografías policiales de niños. Por el prejuicio, se es algo apodícticamente, sin audiencia y sin mérito o demérito, sin acción, pues es algo que sujeta y condiciona. Se es judío preventivamente y no hay nadie que pueda evitarlo o remediarlo. Toda la historia de la conciencia y el humanismo, de la Civilización (solo una, aunque con muchas culturas) cede ante una ley estadística que está fuera de lo humano.

En nuestras sociedades liberales y democráticas ya apenas quedan unos pocos enajenados antisemitas, aunque subsiste ciertamente un antijudaísmo religioso en el fanatismo islamista por no hablar de un extendido antisemitismo político. Pero quizá no nos encontremos tan a salvo de otros prejuicios como pensamos.

Entre nosotros, es conocido el hecho de que una gran parte de los defensores del régimen franquista se ven a sí mismos como “liberales de toda la vida” y que como decía un conocido editorialista del Arriba, el posterior liberal D. Pedro Rodríguez, fallecido en 1.984, “en los gobiernos de Franco estaba representado todo el arco político, desde el centro-derecha liberal hasta el centro-izquierda democristiano pasando por la izquierda falangista” (sic) (2) Por eso no es de extrañar que, sin mala conciencia de ninguna clase, de una sociedad tradicionalmente tan antijudía como la española, donde subsisten abundantes vestigios no tan soterrados incluso en la lengua (una fechoría es una judiada) una parte se haya pasado con armas y bagajes a un nuevo prejuicio, en esta ocasión la islamofobia.

Cuanto más fallida resulta una concepción del mundo, más reaccionaria se convierte apelando a una Edad de Oro mítica a la que hay que regresar

La abominación del terrorismo islamista, de rasgos apocalípticos y milenaristas, de un fin de los tiempos nihilista, sin duda es el precipitado de una ideología teocrática, antiliberal y antihumanista. Cuanto más fallida resulta una concepción del mundo, más reaccionaria se convierte apelando a una Edad de Oro mítica a la que hay que regresar. Los responsables de ese fracaso son los que son incapaces de confrontar la modernidad y no nuestras modernas sociedades, desde luego, que por supuesto deben defenderse con todos los medios a su alcance. Pero, otra cosa harto diferente es el juicio, estadístico y en globo, sobre una colectividad y una cultura, por el mero hecho de serlo. Y quiero afirmar que eso es incompatible con la práctica masónica.

La Masonería, surgida de un humus cristiano, admitió muy pronto como hermanos a judíos (parece ser que desde al menos 1.732) y poco después a musulmanes e hindúes, en un proceso que algunos han llamado de ontologización: no se celebra una determinada fe ni una determinada cultura sino una condición, la humana. Es mi opinión que el Rito masónico, más allá de dicciones literales más o menos históricas y de ligeras variantes, lleva necesariamente a esta universalización.

Los masones lo son dentro y fuera de su logia e incluso en ella distinguen el tiempo ordinario de un tiempo especial, separado, llamado por ello sagrado. Es ahí, en Tenida, cuando actúan el Rito para representar(se) un modelo personal y social, una idealización de lo humano y de la humanidad. Se reúnen en tenida en un tiempo totalmente artificial en el que aunque se diga así no transcurre desde el alba hasta el ocaso. Lo hacen en un lugar extraño, rectangular, sin ventanas, con luz artificial y con las puertas cerradas. Nadie llega a ese tiempo y lugar sin haberlo deseado voluntariamente, no es fortuito o improvisado ni una celebración abierta a cualquiera que pasaba por allí. Se exige una preparación, una intención seria de concurrir con otros allí y por eso el primer acto ordenador es comprobar que se está a cubierto. Se cercioran de que todos lo que estén quieran realmente estar y que confluyan en la misma intención.

Cuando algún mandatario apacigua los miedos de una ciudadanía erigiendo un muro físico frente al extranjero pobre y, por tanto, estadísticamente más proclive a la delincuencia actúa de manera directamente contraria a la práctica masónica

La secuencia posterior es la comprobación de que todos han sido iniciados y se reconocen entre sí en tanto en cuanto masones, no como el hombre tal o el hombre cual, como John o Abdul, de mayor o menor valía, cultura o cualificación. Ser hombre y masón es lo único que interesa y con ello basta, sin exigir credenciales. Acude cada cual con su bagaje, al que no podría renunciar sin dejar de ser él mismo, que es lo que interesa al resto, pero comprometido en saberse consciente de ello y de compartirlo desde la racionalidad comunicable. Por ello, eso implica que cada masón concurre con su propia vida, a la que jamás nadie osaría reglamentar, con su propia historia y tradición y será él el encargado de darle cierta coherencia y narratividad, pues eso es lo que comparten los masones.

Por último y como tercer paso, esos hombres que voluntariamente se someten a un orden que para ellos adquiere un significado más allá de sí mismo, se aúnan para rehacer un propósito común encendiendo luces simbólicas a la Sabiduría, la Verdad y la Belleza. Con ello pretenden superar sus diferencias aspirando a una reconstrucción o renarración mítico-simbólica pero racional, sabia y bella de ellos mismos y del resto de los humanos. Naturalmente, parten de quienes son, de sus biografías, de sus tradiciones (pues hay varias Bellezas), de sus religiones ( dada la pluralidad de Verdades) o de su espiritualidad o falta de ella porque sin esos elementos no pueden dar coherencia a sus vidas ni dar inteligibilidad ni contexto a la narración que mediante el Rito pretenden hacer de sí y de sus sociedades. Porque la masonería comporta esa doble responsabilidad, personal y social, aspira a difundir y extender lo que hace en la Tenida fuera de ella, como sabe cualquiera que haya estado en la llamada cadena de unión. No es solo un proyecto personal, también lo es colectivo.

Cuando algún mandatario apacigua los miedos de una ciudadanía erigiendo un muro físico frente al extranjero pobre y, por tanto, estadísticamente más proclive a la delincuencia (en la misma medida que es más susceptible de ser explotado) actúa de manera directamente contraria a la práctica masónica, para quien el origen, clase social y formación no pueden estar nunca sobre su preeminente condición individual puesto que aquéllas son dirigidas y ordenadas, gestionadas, por cada hermano masón. Dígase lo mismo de las prohibiciones en globo o in extenso por razón de la procedencia de uno u otro país, que supone un verdadero pre-juicio.

También, cuando se aboga por una restricción de flujos humanitarios en función del origen cultural o religioso, como en la llamada crisis de refugiados, no solo se vulneran todas las convenciones internacionales que lo prohíben sino la decencia y, desde luego, la práctica masónica. Siempre existieron prejuicios sobre los supuestos caracteres nacionales (mejor dicho, taras) de los emigrantes, fueran estos irlandeses, italianos, chinos, católicos o hindúes (véase Ceilán) que la historia siempre ha acreditado como falsos ídolos siempre perjudiciales y causantes de dolor, destructores de la humanidad. Cuando alguien afirma o exige que es mejor que se queden en su casa escenario de guerra los refugiados solo por ser musulmanes, o en su campamento miserable o que solo debemos admitir a los cristianos, o se perora dogmatizando sobre las buenas o malas religiones o tradiciones, extrapolamos injusta y desde luego antimasónicamente un juicio temerario sobre una colectividad compleja, lo que constituye en sí mismo una definición de prejuicio. Dígase lo mismo de todos aquellos comportamientos que culpabilizan a toda una comunidad, en este caso musulmana, o les exigen palinodias de condena por el mero hecho de serlo cuando es mucho más cierto que la gran mayoría detesta las atrocidades de fanáticos salidos de algunas de sus sociedades rotas y fracasadas. O los pomposos y fatuos discursos de cómo deben reformar su religión –si es que la tienen-y cómo deben renunciar a su tradición para igualarse a nosotros. ¿Tuvieron los masones católicos, por el hecho de serlo, que someterse a tal sermoneamiento en la época en que sus sociedades eran cerradas, autoritarias y antiliberales? Todo, todo eso, lo superó la masonería con su práctica, cientos de años atrás, sin exigir a nadie que renunciara a ser lo que es, a su historia familiar, social y comunitaria, integrándola y compartiéndola con otros, renunciando a todo patrioterismo cultural, siempre falso. Y me permito ser optimista y esperar que, también esta vez, la Masonería se habrá alineado con el buen curso de la historia.

(1) René Girard, La violencia y lo sagrado.

(2) Gregorio Morán, Adolfo Suárez, Historia de una ambición.